CARTAS A DULCINEA
Lunes, 16 de febrero de 2026

La inflexibilidad se manifiesta en la experiencia humana como una barrera invisible pero rígida que impide el crecimiento personal y la armonía social. Se define por una resistencia obstinada al cambio y una incapacidad para considerar perspectivas ajenas, convirtiéndose en un antivalor que petrifica el pensamiento y marchita la creatividad. Quien padece de esta rigidez mental suele percibir el mundo en términos absolutos, donde sus propias convicciones no son opiniones, sino verdades incuestionables. Esta postura no solo limita el aprendizaje, ya que el conocimiento requiere de la porosidad necesaria para absorber nuevas ideas, sino que también genera una profunda erosión en los vínculos afectivos. En el ámbito de las relaciones, la persona inflexible impone su voluntad como una coraza, interpretando cualquier intento de negociación o compromiso como una debilidad o una derrota personal. Esta actitud suele esconder un miedo profundo a la incertidumbre y una necesidad excesiva de control, proyectando hacia afuera una imagen de fortaleza que, en realidad, es tan frágil como el cristal: ante una presión suficiente, lo que no se dobla, termina por romperse. A nivel social y profesional, la inflexibilidad actúa como un ancla que detiene el progreso; en un entorno global que cambia a velocidades vertiginosas, la incapacidad de adaptarse a nuevas circunstancias o de reconocer los propios errores conduce inevitablemente a la obsolescencia y al aislamiento. La verdadera resiliencia no se encuentra en la dureza del acero, sino en la capacidad de las cañas para oscilar con el viento sin perder su raíz. Por tanto, superar este antivalor implica un ejercicio de humildad y autocrítica, reconociendo que la duda es un motor de inteligencia y que la apertura hacia lo desconocido es, en última instancia, lo que nos permite evolucionar y conectar genuinamente con los demás. Al final del día, la vida es un flujo constante de matices, y aferrarse a una única forma de ser o de pensar es negarse la oportunidad de participar en la riqueza infinita de la experiencia humana.
Mira el reflejo de lo que te he contado en este pequeño relato….
«Había una vez, en el corazón de un valle azotado por los vientos, un Roble imponente y una Caña delgada. El Roble, orgulloso de su tronco grueso y sus raíces profundas, se burlaba constantemente de la Caña, que se mecía con la más mínima brisa. «Mira qué débil eres», decía el Roble con voz atronadora, «te rindes ante cualquier susurro del aire, mientras que yo permanezco erguido, desafiando a las tormentas sin mover una sola hoja». La Caña, con humildad, le respondía que no era debilidad, sino una forma de convivir con el mundo, pero el Roble solo sabía reírse de lo que él consideraba una falta de carácter y firmeza.
Una noche, se desató la tormenta más violenta que el valle hubiera visto en siglos. El viento soplaba con una furia ciega, arrancando piedras y castigando la tierra. La Caña, fiel a su naturaleza, se plegó casi hasta tocar el suelo, dejando que la ráfaga pasara sobre ella sin ofrecer resistencia. El Roble, en cambio, se plantó con toda su fuerza; se negó a ceder un solo centímetro, oponiendo su rigidez contra la fuerza del vendaval. Se escuchó entonces un crujido aterrador que silenció al trueno: el tronco del Roble, incapaz de doblarse, se partió por la mitad desde la raíz. Al amanecer, la Caña se irguió lentamente, ilesa y verde, mientras que el gigante que se creía invencible yacía destrozado en el suelo, vencido por su propia inflexibilidad».
¿La moraleja de este cuentecillo…? pues que la rigidez extrema, aunque se disfrace de fortaleza, es en realidad una fragilidad escondida. Aquello que no sabe adaptarse a las circunstancias termina por quebrarse ante la presión, mientras que la flexibilidad permite sobrevivir a las mayores tormentas.
Y, después de una noche de viento, a ratos huracanado igual que ayer por la tarde, la mañana ha amanecido tranquila, pero sólo hasta medio día en que el viento ha vuelto a mostrar su furia. El mar sí estaba alborotado, un oleaje que los surfistas aprovechan en la Chucha para hacer «surf», como se ve en mi primera foto. La segunda es del atardecer muy limpio y mas sereno en el mismo lugar que la primera, en La Chucha. Feliz velada de lunes.


