CARTAS A DULCINEA
Viernes, 25 de septiembre

En el corazón del español coloquial, pocas frases capturan con tanta viveza el limbo de la indecisión como “estar entre Pinto y Valdemoro”. Decirla es reconocer que uno se encuentra suspendido, sin decidirse por un lado ni por el otro, como si el destino hubiera detenido el reloj justo en el punto medio. No es estar perdido, sino atrapado en esa zona gris donde las opciones se miran de frente sin que ninguna termine de convencer.
Pinto y Valdemoro son dos localidades reales del sur de Madrid, cercanas, casi hermanas, separadas históricamente por apenas unos kilómetros de campos y, según cuenta la leyenda más popular, por un arroyo que marcaba el límite.
La anécdota más repetida habla de un hombre que, tras varias copas de más en las tabernas de la zona, se dedicaba a saltar de un lado al otro del riachuelo proclamando: “¡Ahora estoy en Pinto! ¡Ahora en Valdemoro!”. Hasta que un traspié lo dejó literalmente entre ambos, mojado, confuso y sin saber muy bien dónde se hallaba. De ahí habría nacido la expresión, que con el tiempo dejó de referirse solo al achispamiento etílico para extenderse a cualquier estado de vacilación.
La RAE la recoge con claridad: estar indeciso, vacilante. Y también, en un sentido más festivo, medio borracho. Porque entre Pinto y Valdemoro cabe tanto la duda existencial como la euforia ligera del vino. Ambas interpretaciones conviven en el imaginario popular, demostrando la riqueza del lenguaje que nace de la vida cotidiana y no de los libros.
Hoy la usamos en infinidad de situaciones. El joven que no sabe si aceptar ese trabajo en otra ciudad o quedarse donde está. La pareja que lleva años “ni juntos ni separados”. El político que promete y no cumple, dejando a los ciudadanos en esa tierra de nadie. Incluso en decisiones pequeñas: “Estoy entre Pinto y Valdemoro con el menú, ¿paella o carne a la brasa?”. La expresión funciona porque todos hemos sentido alguna vez esa parálisis agradable o angustiosa de no saber hacia dónde dar el paso.
Más allá de la anécdota del borracho, otras teorías hablan de viñedos compartidos entre ambos pueblos, de disputas territoriales medievales o de la dificultad de los viajeros para saber exactamente dónde terminaba un término municipal y empezaba el otro. Sea como fuere, el dicho se ha convertido en un clásico madrileño que ha trascendido fronteras y se emplea en todo el mundo hispanohablante cuando alguien se queda paralizado ante una encrucijada.
Estar entre Pinto y Valdemoro no siempre es malo. A veces esa pausa es necesaria: permite sopesar, madurar, evitar errores precipitados. Pero quedarse demasiado tiempo en ese espacio intermedio puede convertirse en una cárcel cómoda. La vida, al fin y al cabo, exige decisiones. Saltar de un lado o del otro, aunque el arroyo esté crecido y el salto parezca arriesgado.
La próxima vez que alguien te diga que está entre Pinto y Valdemoro, sonríe con complicidad. Sabes que se encuentra en ese punto deliciosamente humano donde todavía todo es posible, donde ninguna puerta se ha cerrado del todo. Y quizá, solo quizá, esa duda sea el primer paso para elegir el camino que realmente merece la pena. Porque al final, entre Pinto y Valdemoro no hay un lugar definitivo, sino la oportunidad constante de decidir quiénes queremos ser.
Feliz tarde y velada de viernes, con mis dos fotos de hoy, de las que la primera muestra el estado de nuestros cielos y nuestra mar esta mañana… cielos azules, adornados con pinceladas suaves de «cirrus», nubecillas altas formadas por cristalitos de hielo.




















