CARTAS A DULCINEA
Miércoles, 4 de noviembre

Querida Dulcinea:
Hay flores que nos hablan de la primavera, de los días largos, del sol y de los primeros calores. Pero hay otras que parecen tener una relación especial con el otoño. Una de ellas es el crisantemo, una flor sencilla, alegre y llena de color que aparece cuando muchas otras ya comienzan a desaparecer.
Siempre me ha gustado esa forma que tiene el crisantemo de llegar cuando el verano se ha marchado. Parece que no tiene prisa. Espera su momento y, cuando llega, abre sus pétalos y llena de vida los jardines, los patios y las casas.
Quizá por eso el crisantemo tiene algo que decirnos a las personas. Nos recuerda que cada uno tiene su momento y que nunca debemos pensar que ya es demasiado tarde para hacer algo bonito con nuestra vida.
A veces miramos hacia atrás y pensamos en lo que no hicimos, en las oportunidades que dejamos pasar o en aquellos sueños que se quedaron por el camino. Y es normal que, de vez en cuando, la memoria nos lleve hasta allí. Pero la vida no se detiene en lo que pudo ser. La vida continúa en lo que todavía podemos hacer.
El crisantemo no se preocupa por las flores que florecieron antes que él. No intenta competir con la rosa, ni con el jazmín, ni con ninguna otra flor. Simplemente espera su tiempo y, cuando llega el otoño, hace lo que sabe hacer: florecer. Qué sencilla parece esa lección y, sin embargo, cuánto nos cuesta a nosotros entenderla.
También las personas tenemos nuestros tiempos. Hay quienes encuentran su camino muy pronto y quienes tardan muchos años en descubrir qué quieren hacer. Hay personas que vuelven a estudiar después de muchos años, otras que comienzan una nueva amistad, otras que descubren una afición cuando ya pensaban que no tenían edad para aprender nada nuevo.
Y también están quienes, después de muchos años, vuelven a enamorarse de la vida.
Porque florecer no significa solamente comenzar algo nuevo. A veces significa aprender a disfrutar de lo que ya tenemos. Sentarnos tranquilamente al sol, conversar con la persona que queremos, llamar a un hijo, abrazar a un nieto, salir a caminar, cuidar unas flores o simplemente agradecer que estamos aquí.
Cuando uno llega a cierta edad, comprende que la felicidad no siempre está en las grandes cosas. Muchas veces se encuentra en esos pequeños momentos que antes pasaban desapercibidos.
Por eso, cuando veo un crisantemo en otoño, no veo solamente una flor. Veo una pequeña lección de vida. Veo una flor que no necesita primavera para ser hermosa. Una flor que espera, que resiste y que, cuando llega su momento, vuelve a llenar el mundo de color.
Y pienso que quizá nosotros deberíamos aprender un poco de ella.
No importa cuántos años hayan pasado. No importa cuántos sueños se quedaron atrás ni cuántas veces la vida nos haya hecho empezar de nuevo. Mientras tengamos un poco de ilusión en el corazón, siempre podremos abrir una nueva ventana, descubrir algo diferente y regalar una sonrisa.
Porque la vida tiene muchas estaciones. Algunas son de primavera, otras de verano, otras de invierno. Y también está el otoño, ese tiempo en el que muchas cosas comienzan a marcharse, pero en el que todavía pueden nacer flores hermosas.
El crisantemo nos lo recuerda cada año, con sus pétalos abiertos hacia la luz: nunca es demasiado tarde para florecer. Y quizá esa sea una de las cosas más bonitas que podemos aprender de una flor.
¡Y hoy, 4 de noviembre ha vuelto el otoño, con la lluvia que a mi tanto me gusta! Ya el amanecer prometía un dia interesante, pero poco antes de las 12 de la mañana empezaba a llover y yo, ¡cómo no! «paseando bajo la lluvia!, como refleja mi segunda foto. Feliz tarde y velada de miércoles.


