CARTAS A DULCINEA
Domingo, 1 de noviembre
Todos los Santos: un día para recordar a quienes nos enseñaron a vivir

Querida Dulcinea:
El 1 de noviembre celebramos el Día de Todos los Santos, una fiesta de tradición cristiana dedicada a recordar y honrar a todas las personas que han alcanzado la santidad, es decir, que han vivido de acuerdo con el amor, la bondad y las enseñanzas de Jesús. En este día no recordamos solamente a los santos conocidos, aquellos que aparecen en los calendarios y tienen una fecha dedicada a ellos. También recordamos a muchas personas buenas y sencillas que, sin haber sido reconocidas oficialmente como santas, vivieron haciendo el bien, ayudando a los demás y dejando una huella de amor en quienes las conocieron. Para los creyentes, es también una celebración de la esperanza, porque representa la confianza en que la vida no termina con la muerte y en que existe una vida junto a Dios.
Cada año, cuando llega el primero de noviembre, algo parece cambiar en nuestras calles. El otoño ya está bien metido en nuestras vidas, los días son más cortos y muchas personas se acercan a los cementerios para visitar a quienes un día quisimos y que ya no están entre nosotros. Es el Día de Todos los Santos, una fecha que forma parte de nuestras costumbres y también de nuestros recuerdos. Pero,… ¿sabemos realmente qué celebramos este día y desde cuándo?
Todos los Santos es una celebración cristiana dedicada a todos los santos, no solamente a aquellos que conocemos por su nombre, como san Francisco, san Pedro o santa Teresa, sino también a esa multitud de hombres y mujeres que vivieron haciendo el bien y que quizá nunca aparecieron en los libros ni tuvieron una fiesta propia en el calendario.
La celebración tiene raíces muy antiguas. Durante los primeros siglos del cristianismo se recordaba especialmente a los mártires, aquellas personas que murieron por su fe. Con el paso del tiempo, aquella celebración se fue ampliando hasta convertirse en una fiesta dedicada a todos los santos. En Roma, en el año 609, el papa Bonifacio IV dedicó el antiguo Panteón a la Virgen María y a todos los mártires. Con los siglos, la celebración fue tomando la forma que conocemos hoy.
Y hay algo muy bonito en esta fiesta: no se trata solamente de recordar a personas extraordinarias. La Iglesia presenta a los santos como hombres y mujeres de toda condición, de diferentes épocas y lugares. Personas que, con sus defectos y sus dificultades, intentaron vivir desde el amor, la generosidad, la humildad y la esperanza.
Por eso, cuando pensamos en Todos los Santos, quizá también deberíamos acordarnos de nuestros propios «santos» de andar por casa. De aquella madre que pasó media vida cuidando de los suyos. De aquel padre que trabajó de sol a sol para que a sus hijos no les faltara un plato en la mesa. De los abuelos que nos enseñaron tantas cosas sin necesidad de libros. De aquel vecino que siempre estaba dispuesto a echar una mano. Porque la santidad, muchas veces, no hace ruido…. y todos tenemos en nuestro entorno mas cercano, en nuestras familias, personas que lo han dado todo en su vida y son verdaderos santos…¡quien no recuerda a algunos… su padres, algún hermano… algún amigo…!
Está en una mano que ayuda, en una palabra que consuela, en una persona que perdona, en quien comparte lo poco que tiene o en quien dedica su vida a cuidar de los demás.
Y al día siguiente, el 2 de noviembre, la Iglesia dedica una jornada especial a recordar a todos los fieles difuntos. Por eso estos primeros días de noviembre están tan unidos en nuestras costumbres: primero celebramos a quienes creemos que ya están junto a Dios y después recordamos y rezamos por nuestros seres queridos que murieron.
Quizá por eso, cuando entramos en un cementerio en estos días y vemos tantas flores, tantos nombres y tantos recuerdos, comprendemos que no estamos solamente ante un lugar de muerte. También estamos ante un lugar lleno de historias.
Allí descansan personas que fueron niños, jóvenes, padres, madres, abuelos, amigos, maestros, vecinos… Personas que rieron, trabajaron, soñaron y amaron.
Y quizá esa sea la verdadera enseñanza de Todos los Santos: recordar que la vida pasa, pero el amor que dejamos en los demás permanece.
Porque mientras alguien nos recuerde con cariño, una parte de nosotros continúa viviendo en su corazón.
Mi recuerdo muy especial, hoy en el día de Todos los Santos, a todas esas personas que nos han rodeado y que siguen haciéndolo, con una actitud de auténticos «santos» a los que debemos respetar y venerar. Feliz tarde y velada de este primero de noviembre.


