CARTAS A DULCINEA
Martes, 3 de noviembre

Querida Dulcinea:
Los antivalores son las conductas o las actitudes de los seres humanos que resultan dañinas y negativas para otros. Son lo contrario a los valores, es decir, a las creencias que se consideran importantes y que, según el punto de vista ético, moral y de tradición cultural, pueden variar según las diferentes sociedades.
Deshonestidad. Se contrapone a la honestidad. Marca el uso de medios no correctos o ilegales para la consecución de determinados fines, incluyendo el robo, la mentira y el engaño.
Hay cosas en la vida que no cuestan dinero, pero que tienen un valor enorme. Una de ellas es la confianza. Cuando confiamos en alguien, creemos en su palabra, nos sentimos seguros a su lado y pensamos que no nos va a engañar. Pero ¿qué ocurre cuando descubrimos que nos ha mentido?
La deshonestidad consiste, sencillamente, en no actuar con honradez. Es mentir, engañar, ocultar la verdad para conseguir algo o aprovecharse de los demás. A veces, quien lo hace piensa que no tiene mucha importancia, que se trata de una pequeña mentira o que nadie llegará a descubrirla. Pero las cosas no suelen ser tan sencillas.
Una mentira puede parecer una buena solución para salir de un apuro. Quizá nos ayude a evitar una «regañina», a esconder un error o a conseguir algo que deseamos. Sin embargo, cuando mentimos, corremos el riesgo de tener que inventar otra mentira para tapar la primera. Y después, quizá otra más. Así, poco a poco, podemos terminar metidos en un problema mucho mayor que aquel del que pretendíamos escapar.
Lo peor de la mentira no es solamente que alguien descubra el engaño. Lo peor es que, cuando una persona pierde nuestra confianza, resulta muy difícil volver a recuperarla. Podemos perdonar una mentira, pero eso no significa que volvamos a confiar de la misma manera. La confianza se parece a un vaso de cristal: podemos pegar sus trozos cuando se rompe, pero las marcas pueden seguir ahí durante mucho tiempo.
Además, quien acostumbra a engañar a los demás termina haciéndose daño a sí mismo. Vive pendiente de lo que ha dicho, de lo que ha ocultado y de quién puede descubrirlo. En lugar de vivir tranquilo, tiene que estar preocupado por mantener una historia que no es verdad.
Por eso, creo que es mucho mejor reconocer nuestros errores, aunque nos cueste hacerlo. Todos nos equivocamos. Todos hemos dicho alguna vez algo que después hemos lamentado. Pero reconocerlo y pedir disculpas no nos hace más pequeños. Al contrario, demuestra que tenemos el valor de aceptar nuestras equivocaciones y la voluntad de intentar hacerlo mejor.
Ser honrado no significa ser perfecto. Significa procurar decir la verdad, cumplir nuestra palabra y no aprovecharnos de nadie. Y cuando nos equivocamos, tener la humildad de reconocerlo.
Querida Dulcinea, yo pienso que en la vida hay muchas cosas que podemos perder y recuperar. El dinero se puede volver a ganar, los objetos se pueden reemplazar y hasta una amistad puede recuperarse después de un disgusto. Pero hay algo que cuesta muchísimo recuperar cuando se pierde: la confianza de otra persona.
Por eso, prefiero una verdad que me duela a una mentira que me engañe. La verdad puede molestarnos durante un rato, pero la mentira puede acompañarnos durante años.
Y, cuando llegue la noche y nos quedemos a solas con nuestros pensamientos, no hay nada más agradable que poder descansar con la conciencia tranquila, sabiendo que no hemos engañado a nadie.
Porque, al final, la mejor manera de vivir tranquilo es no tener que esconder la verdad.
Y hoya van llegando nubes… ¡ojalá se queden!… porque por aqui aún seguimos casi en verano; es verdad que ya se duerme bien, pero el día es diferente, hace taemperatura mas de verano que de otoño, asi es que ¡bienvenidas sean las nubes!. Feliz tarde y velada de martes, ya adentrándonos en noviembre!


