CARTAS A DULCINEA
Sábado, 14 de marzo de 2026

La expresión popular «ser más corto que las mangas de un chaleco» es una de las joyas más afiladas y humorísticas de nuestro refranero. Con una lógica aplastante y una ironía visual insuperable, esta frase retrata la ausencia total de algo, ya sea de inteligencia, de paciencia o de generosidad. Al igual que un chaleco carece por definición de mangas, quien recibe este calificativo es señalado por una carencia tan evidente que resulta casi cómica. Es el retrato de lo que no llega, de lo que se queda a medio camino, de aquello que, por mucho que se estire, nunca alcanzará a cubrir las necesidades de la situación.
A menudo, usamos esta frase para referirnos a la cortedad de luces, ese estado en el que el ingenio parece haber sufrido un recorte presupuestario. Pero más allá de la burla, la expresión encierra una observación sutil sobre las expectativas humanas. Nos recuerda que intentar sacar algo de donde no lo hay es tan inútil como buscar abrigo en los brazos de una prenda diseñada para el torso. En un mundo que nos exige ser brillantes, rápidos y elocuentes, «ser corto» se convierte en el diagnóstico de una desconexión entre lo que se requiere y lo que se ofrece, dejando al descubierto nuestras limitaciones más evidentes.
Sin embargo, hay una cierta ternura escondida en el disparate de la comparación. Lo de las «mangas de un chaleco» nos habla de la imperfección y de la naturaleza incompleta de las cosas. Todos somos, en algún momento o ante alguna materia, un poco «cortos». A veces es la paciencia la que se nos queda en los hombros ante una injusticia, o la visión de futuro la que no llega a cubrir las manos cuando el miedo nos atenaza. Reconocer esa cortedad es, paradójicamente, un acto de lucidez: saber dónde termina nuestra tela nos permite pedir ayuda a otros para completar el traje de nuestra existencia.
Al final, esta expresión nos invita a reírnos de la carencia para que no nos duela tanto. El humor actúa aquí como un sastre generoso que remienda con gracia lo que la naturaleza dejó a medias. Porque, aunque a veces seamos más cortos que las mangas de un chaleco, la vida siempre nos ofrece la oportunidad de compensar esa falta con la anchura de un corazón que, a diferencia de la prenda, no tiene límites ni costuras fijas.
Hoy parece haber vuelto el invierno y se puede ver en mis dos fotos de esta noche… la primera la tomaba a las 7 de la tarde en Calahonda y la segunda una hora después tambien en Calahonda, en el Farillo.
Feliz velada del último sábado del invierno.


