«El curioso impertinente»

CARTAS A DULCINEA
Miércoles, 11 de febrero de 2026

La historia del Curioso impertinente se desarrolla en la ciudad de Florencia y tiene como protagonistas a dos caballeros llamados Anselmo y Lotario, cuya amistad era tan estrecha que todos los conocían como «los dos amigos». Anselmo, que acababa de casarse con una hermosa y virtuosa mujer llamada Camila, comenzó a ser presa de un deseo irracional y obsesivo: quería poner a prueba la fidelidad de su esposa para estar absolutamente seguro de su virtud. A pesar de las lógicas advertencias de Lotario, quien intentó convencerlo de que no se debe tentar a la suerte ni poner obstáculos a quien ya es honesto, Anselmo insistió en que su amigo debía intentar seducir a Camila para ver si ella resistía el galanteo.

Presionado por la insistencia de su amigo y para evitar que Anselmo buscara a un extraño que pudiera causar un daño real, Lotario fingió aceptar el plan. Al principio, los dos amigos engañaron a Anselmo: mientras este se ausentaba, Lotario y Camila permanecían en silencio o hablaban de cosas triviales, pero Lotario le decía a su amigo que había intentado conquistarla sin éxito. Sin embargo, Anselmo, en su impertinencia, decidió espiar las reuniones y descubrió que Lotario no estaba haciendo ningún esfuerzo. Ante la presión de ser descubierto, Lotario comenzó finalmente a cortejar a Camila de verdad, y lo que empezó como una farsa terminó convirtiéndose en una pasión real. Camila, sintiéndose abandonada por la imprudencia de su marido y abrumada por la insistencia de Lotario, acabó cediendo y ambos iniciaron un romance secreto.

La situación se volvió extremadamente compleja cuando Leonela, la criada de Camila, descubrió el engaño y comenzó a usar el secreto para meter a sus propios amantes en la casa. Un día, Lotario vio salir a un hombre de la casa y, creyendo que Camila le era infiel a él también, decidió contárselo todo a Anselmo por despecho. Al darse cuenta de su error y notar que el hombre era el amante de la criada, Lotario y Camila tuvieron que orquestar una elaborada puesta en escena: fingieron una pelea frente a un Anselmo escondido, donde Camila incluso llegó a herirse levemente con una daga para demostrar que prefería morir antes que faltar a su honor. Anselmo quedó plenamente convencido de la pureza de su esposa, creyendo haber alcanzado la felicidad absoluta a través de su engaño.

Sin embargo, la mentira no pudo sostenerse por mucho tiempo. Una noche, el amante de la criada fue descubierto y, por miedo al castigo, se reveló toda la verdad. Al enterarse de que su esposa y su mejor amigo lo habían traicionado de verdad, Anselmo comprendió demasiado tarde que su curiosidad había sido su ruina. Camila huyó a un convento donde moriría de tristeza poco después, Lotario murió en una batalla en Nápoles y el propio Anselmo falleció mientras escribía una nota en la que confesaba que él mismo había sido el artífice de su propia desdicha. El relato termina con la amarga lección de que quien busca el peligro, acaba pereciendo en él.

Y hay un refrán que explica perfectamente esta situación entre Anselmo, Lotario y Camila, y uno que tal vez conozcas porque lo hayas oido en alguna ocasión …»La curiosidad mató al gato»
La curiosidad se presenta a menudo como una chispa de ingenio, un impulso natural que nos empuja a descubrir lo que permanece oculto tras el velo de lo desconocido. Sin embargo, este deseo irrefrenable de saber puede transformarse en una trampa cuando carece de límites, llevándonos a cruzar fronteras que deberían haber permanecido cerradas por nuestra propia seguridad.
El refrán nos recuerda que no todos los secretos están destinados a ser revelados ni todas las puertas deben ser abiertas, pues el conocimiento excesivo a veces conlleva un precio más alto de lo que estamos dispuestos a pagar. Existe una diferencia crucial entre la exploración constructiva y la intromisión temeraria que nos expone a riesgos innecesarios o a verdades que no estamos preparados para gestionar.
A menudo, el «gato» de la metáfora se pierde en su propio afán de aventura, olvidando que el entorno puede ser hostil ante la mirada ajena. Al final, la lección no es que debamos vivir en la ignorancia, sino que la sabiduría reside en saber cuándo detenerse antes de que el interés se convierta en nuestra propia perdición.

Así es que mas vale no tentar demasiado a la suerte vaya a que esta nos falle ¿no crees? ¡y sería todo por nuestra culpa!. Y ya mis dos fotos de hoy que suelen acompañar a mi carta…¡sigue el invierno! y por aquí hoy de la peor forma que a mi me gustaría…¡con un fortísimo viento! y algunas nubes en el cielo, y de esta mañana es mi primera foto, cuando salía a hacer «los mandaos», que es ahora misión mía … el viento no se ve, pero re aseguro que por momentos no me dejaba caminar o me empujaba, porque cambiaba de dirección. La segunda foto es del atardecer muy plácido de otro 11 de febrero en La Perla.

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