«El eco de un madero en el vacío del mundo»

CARTAS A DULCINEA
Viernes, 3 de abril de 2026

La luz del día nace hoy con una palidez distinta, como si el sol mismo pidiera permiso para iluminar el drama que está a punto de consumarse. Hoy es Viernes Santo, el día en que el tiempo se detiene y la palabra cede su trono al silencio, ese vacío sonoro que lo llena todo. No hay música en los templos ni ruidos innecesarios en el alma; solo queda el rastro de una madera que arrastra por la piedra y el suspiro de una humanidad que, frente al sacrificio extremo, se descubre pequeña, frágil y desnuda. Es la jornada de la paradoja absoluta, donde la muerte no se presenta como un final, sino como el nudo más apretado de una historia que busca desesperadamente el sentido del dolor.

En las plazas y avenidas, el aire se vuelve denso, cargado con el aroma de la cera quemada y el sudor de quienes cargan con sus propias cruces, invisibles pero pesadas. El Viernes Santo no entiende de medias tintas; es un espejo oscuro donde nos vemos reflejados en la traición, en el juicio injusto y en la indiferencia de quienes miran hacia otro lado. Sin embargo, en esa oscuridad profunda late una belleza extraña, la de la entrega total por amor, un concepto que desafía cualquier lógica moderna de beneficio y egoísmo. Las imágenes que recorren las calles, con sus rostros de angustia y majestad, no son solo figuras de madera y oro, sino símbolos de cada lágrima derramada en la soledad de una habitación o en la frontera de una guerra.

Al llegar la tarde, cuando el último aliento se entrega y el velo se rasga, queda una quietud que sobrecoge el espíritu. El mundo parece contener la respiración ante el sepulcro, habitando ese territorio incierto entre lo que se ha perdido y lo que aún no ha nacido. No es un día para respuestas rápidas ni para consuelos fáciles, sino para permanecer ahí, a pie de cruz, aceptando que la vulnerabilidad es nuestra condición más sagrada. En ese horizonte de sombras, el Viernes Santo nos deja una promesa suspendida en el aire: que ninguna soledad es definitiva y que, a veces, es necesario que todo se apague para poder ver, por fin, la verdadera luz.

Y mis dos imágenes de hoy son las propias de un Viernes Santo: la primera de la procesión del Santo Entierro en Calahonda de hace justo 11 años que cayó tambien, curiosamente en 3 de abril. Feliz y bendecida velada de Viernes Santo. Y la segunda de unos de los miles y miles de penitentes anónimos que en estos dias hacen penitencia en sus cofradías … con esa mirada de fervor y esperanza… ¡mas aún cuando es al mirada inocente de un niño!

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