CARTAS A DULCINEA
Lunes, 30 de marzo de 2026

Vivir para uno mismo es como intentar iluminar una habitación con un espejo que no recibe luz de ninguna parte; se puede poseer la superficie más brillante, pero sin el reflejo del otro, la estancia permanece en penumbra. Esta forma de existencia, a menudo disfrazada de independencia o autorrealización, es en realidad una forma sutil de asfixia emocional donde el horizonte se estrecha hasta coincidir con el propio ombligo.
El ser humano es, por naturaleza, una criatura de encuentro, y cuando se encierra en la burbuja de sus propios deseos, intereses y comodidades, amputa la mitad de su capacidad de sentir y de crecer.
Quien vive exclusivamente para su provecho podrá evitar el roce del conflicto o el peso de la responsabilidad ajena, pero también se priva de la expansión del alma que solo ocurre cuando nos entregamos, cuando nos preocupamos y cuando nos volvemos vulnerables ante la necesidad del prójimo. Al final del camino, una vida volcada hacia el interior resulta ser un relato incompleto, una melodía de una sola nota que, por falta de armonía con otras vidas, termina por volverse monótona y vacía, recordándonos que la verdadera plenitud no es un tesoro que se custodia bajo llave, sino un caudal que solo se renueva cuando se permite fluir hacia los demás.
¿Un cuentecillo para completar el comentario?…. se titula «El jardín de los muros invisibles»
En una ciudad donde todos compartían sus cosechas, vivía un hombre llamado Amaro que poseía el terreno más fértil de la comarca. Amaro decidió que no quería que nadie disfrutara de sus frutos sin que él recibiera algo a cambio, así que construyó un muro altísimo alrededor de su propiedad.
«Aquí viviré para mí, sin las interrupciones de los necesitados ni las cargas de los vecinos», se dijo con satisfacción.
Durante los primeros años, Amaro disfrutó de las mejores uvas y las flores más fragantes, pero pronto empezó a notar algo extraño: las abejas, que antes volaban libres de jardín en jardín, ya no encontraban el camino hacia su recinto cerrado.
Sin polinización, los árboles dejaron de dar frutos y las flores perdieron su color.
Amaro tenía todo el espacio para él, pero su jardín se convirtió en un desierto de silencio.
Un día, debilitado y solo, escuchó risas al otro lado del muro. Trepó como pudo y vio que sus vecinos, aunque tenían jardines más pequeños, compartían herramientas, semillas y esfuerzos, creando un vergel común que rebosaba de vida.
Amaro comprendió entonces que, al encerrarse para no dar nada, se había quedado sin nada que recibir, dándose cuenta de que su libertad era en realidad la celda más pequeña del mundo».
Y es que aunque parezca mentira, la ciencia y la vida nos enseñan que se siente mucha más alegría al dar que al recibir. Es verdad que cuando nos dan un regalo o nos ayudan, sentimos una ilusión muy bonita, pero ese sentimiento suele durar poquito tiempo. En cambio, cuando somos nosotros los que echamos una mano, hacemos un favor o regalamos algo con cariño, dentro de nosotros se enciende una chispa diferente. Ayudar a los demás nos hace sentir útiles, valiosos y más conectados con la gente que nos rodea. Es como si el cuerpo nos diera las gracias por ser generosos soltando unas sustancias naturales que nos relajan y nos ponen de buen humor. Al final, el que recibe se lleva una alegría, pero el que da se queda con una paz y una satisfacción en el corazón que dura mucho más.
Y ya sólo desearte una feliz velada de Lunes Santo con mis dos fotos de hoy, las de un lunes de cielos totalmente limpios pero, eso si, un poco fresquitos, todavia impropios de la primavera.


