CARTAS A DULCINEA
Sábado, 28 de marzo de 2026

La expresión popular «voy en un volao» encierra una sonoridad casi eléctrica, el ritmo frenético de nuestra existencia contemporánea. No se trata simplemente de ir rápido o de tener prisa; es la descripción de un estado de ingravidez forzada, donde el individuo parece desplazarse a milímetros del suelo, impulsado por una inercia que no permite el aterrizaje ni la pausa. Decir que uno va «en un volao» es confesar que el tiempo se ha convertido en un hilo tenso y que nuestra presencia en los lugares es apenas un destello, una ráfaga que cruza una habitación sin llegar a habitarla del todo.
Esta frase actúa como una señal de identidad de una época que ha sacralizado la inmediatez. En el «volao», la profundidad del encuentro se sacrifica en el altar de la eficiencia; saludamos mientras ya estamos pensando en la siguiente puerta que debemos cruzar, y escuchamos con el cuerpo inclinado hacia la salida. Es una forma de supervivencia urbana donde la pausa se percibe como una amenaza y la velocidad como una armadura. Sin embargo, en ese viaje aéreo y veloz, corremos el riesgo de convertirnos en meros espectadores de nuestra propia vida, pasando por encima de los detalles, los sabores y las miradas que solo se perciben cuando los pies están firmemente plantados en la tierra.
Paradójicamente, el «volao» suele esconder una profunda generosidad o un sentido del deber inquebrantable: vamos deprisa porque queremos llegar a todo, porque queremos cumplir con todos, porque el mundo nos reclama en mil frentes a la vez. Pero esa prisa constante es también un ladrón silencioso de memoria. Lo que se vive «en un volao» rara vez echa raíces en el recuerdo; las experiencias necesitan el oxígeno de la calma para fijarse en el alma. Al final, correr tanto nos deja a menudo en el mismo sitio emocional, agotados por el esfuerzo de un desplazamiento que, aunque veloz, nos ha impedido tocar la esencia de lo que hemos cruzado.
Aprender a bajar del «volao» de vez en cuando no es un signo de debilidad, sino un acto de rebeldía necesaria. Recuperar el paso lento, el café que se enfría mientras la conversación fluye y el caminar sin una meta urgente es la única forma de volver a ser dueños de nuestro tiempo. La vida, en su sabiduría más pura, no ocurre en la ráfaga, sino en el poso; no en el vuelo apresurado, sino en el instante en que decidimos, por fin, detener el reloj y permitir que el mundo, con todo su peso y su belleza, nos alcance y nos abrace.
…y «en un volao» ha llegado la primavera que ya se está asentando entre nosotros… igual que «en un volao» pasará la primavera y llegará de nuevo el otoño… igual que también «en un volao» se pasa la vida y a lo mejor no nos estamos dando ni cuenta, asi es que…¡a aprovecharla! . Vuelven poco a poco los cielos azules y van subiendo las temperaturas. Feliz velada de Sábado de Pasión.


