CARTAS A DULCINEA
Lunes, 13 de abril de 2026

«En un vasto jardín celestial, florecían dos árboles únicos… uno era el Roble de la Fortaleza, con un tronco robusto y ramas que se extendían hacia el cielo y sus raíces ancladas en la tierra con una inquebrantable resiliencia. El otro era la Vid de la Gracia, esbelta y elegante, con hojas delicadas y una tendencia natural a buscar apoyo; sus zarcillos danzando con el viento.
El Roble, consciente de su propia fuerza, se sentía completo en su verticalidad. La Vid, en su flexibilidad, anhelaba un punto de apoyo para elevarse y mostrar sus hermosas flores. Al principio, crecieron separados, cada uno en su propio esplendor.
Un día, una tormenta de proporciones épicas azotó el jardín. Los vientos rugieron, amenazando con arrancar al Roble y destrozar a la Vid. El Roble, a pesar de su fuerza, sentía la soledad de su lucha. La Vid, azotada sin piedad, se sentía vulnerable y a punto de romperse.
Fue entonces cuando sus raíces se entrelazaron sutilmente bajo la tierra, buscando un anclaje mutuo. Los zarcillos de la Vid, impulsados por una necesidad instintiva, se estiraron hacia el tronco del Roble, encontrando en su corteza áspera el refugio y el soporte que tanto anhelaba. El Roble, a su vez, sintió una nueva vitalidad en la presión suave de la Vid, una conexión que lo hacía sentirse más arraigado y menos solo frente a la furia de la tormenta.
Con el tiempo, la Vid se enroscó completamente alrededor del Roble, ascendiendo por su tronco y entrelazando sus ramas. El Roble, lejos de sentirse oprimido, permitió que la Vid lo cubriera con su verdor y sus fragantes flores. La Vid, al tener el soporte del Roble, pudo alcanzar nuevas alturas y exhibir su belleza en todo su esplendor.
Desde entonces, se convirtieron en una sola entidad. El Roble ofrecía la estructura, la protección y la constancia. La Vid aportaba la belleza, la flexibilidad, el color y el perfume. Sus raíces se habían fusionado tan profundamente que era imposible distinguirlas. Cuando el sol brillaba, ambos compartían su luz. Cuando las nubes se cernían sobre ellos, ambos se protegían mutuamente.
El Roble sin la Vid, aunque fuerte, habría carecido de la delicadeza y la floración que embellecía su existencia. La Vid sin el Roble, aunque hermosa, habría sido arrastrada por el viento, incapaz de elevarse. Juntos, crearon una armonía perfecta, una sinergia donde la fortaleza de uno magnificaba la gracia del otro, y la gracia de uno adornaba la fortaleza del otro.
Su unión se convirtió en un testimonio para todo el jardín: que el verdadero amor entre un hombre y una mujer no es la fusión donde uno pierde su identidad, sino una interdependencia donde cada uno se apoya y eleva al otro, creando algo más hermoso y resiliente de lo que cualquiera podría ser por sí solo. Es un lazo donde la fuerza y la dulzura se entrelazan, formando un refugio compartido y un florecimiento mutuo, capaces de resistir cualquier tormenta y de celebrar cada rayo de sol.»
¿A que este cuentecillo es mas que bonito? ¡y un ejemplo para la vida! el amor no es egoísta, el amor comparte, ayuda, fortalece… Ya sólo me queda desearte una feliz velada de lunes con estas dos fotos, la primera es de la imagen que presentaban nuestros cielos y nuestro mar este medio día…un día de nuevo mas azul, pero con mucho viento. Y la segunda he querido que sea esta, tomada en el acantilado de Calahonda y cuyo título podría se semejante al titulo de esta carta de hoy… ¿y si la mirada de esas dos gaviotas fuera «amor»?


