CARTAS A DULCINEA
Domingo 8 de marzo de 2026

«En un pequeño pueblo vivía un anciano con su hijo de 17 años. Un día, el único caballo blanco con que trabajaba saltó la reja y se fue con varios caballos salvajes. La gente del pueblo murmuraba: ¡Qué desgracia la suya, Don Cipriano!, y él, tranquilo, contestaba: «Quizás sea una desgracia o quizás una bendición».
Días después, el caballo blanco volvió junto a un hermoso caballo salvaje, y la gente saludaba al anciano diciéndole: ¡Qué bendición!, a lo que Don Cipriano replicaba: «Quizás sea una desgracia o quizás una bendición».
A los pocos días, el hijo adolescente, mientras montaba el caballo salvaje para domarlo, fue derribado y se fracturó una pierna, a raíz de lo cual empezó a cojear, y la gente le decía al anciano; ¡Qué desgracia la suya, buen hombre!, a lo que él replicaba: «Quizás sea una desgracia o quizás una bendición».
Días después se inició una guerra y todos los jóvenes del pueblo fueron llevados al frente de batalla, pero a su hijo no lo llevaron por su cojera, y toda la gente del pueblo saludaba al anciano y le comentaba: ¡Qué bendición la suya, Don Cipriano!. Y él, con su fe inquebrantable, contestó una vez más diciendo: «Solo Dios lo sabe, quizás sea una bendición o quizás una desgracia».
Efectivamente, solo Dios lo sabe, y Él nunca se equivoca.
(Web católico de Javier)
Esta célebre leyenda oriental (adaptada aquí con la figura de don Cipriano) es una lección sobre la humildad intelectual y la confianza ante los giros del destino. Lo que nos enseña y pretende transmitirnos es que no juzguemos los eventos de nuestra vida de forma aislada, pues solo el tiempo y la providencia revelan si un suceso es un regalo o una carga. Nos invita a cultivar una «santa indiferencia» o paz interior, entendiendo que nuestra visión es limitada y que lo que hoy nos hace llorar, mañana podría ser nuestra salvación».
Y es que… «El destino, esa fuerza enigmática que a menudo sentimos que rige nuestras vidas, es un lienzo en blanco hasta que cada pincelada de nuestras decisiones y el azar lo va coloreando. Vivimos en la constante danza entre lo que planeamos y lo que la vida nos presenta, y es en esa interacción donde reside la verdadera aventura. No saber qué nos deparará el mañana no es una debilidad, sino una invitación a vivir plenamente el hoy, a adaptarnos, a soñar y a enfrentar cada amanecer con la mente abierta a las infinitas posibilidades que se despliegan ante nosotros.»
Feliz velada de domingo.


