Leyendas del castillo de La Peza

CARTAS A DULCINEA
Miércoles, 29 de abril de 2026

En lo alto de Sierra Nevada, donde el viento cuenta secretos entre las encinas y el eco responde desde los barrancos, se alza La Peza. Su castillo, centinela del tiempo, ha presenciado siglos de historias, batallas y amores.
Al menos un libro recoge algunas de esas leyendas, imaginadas a partir de sus piedras y susurros. Que sirvan para despertar la imaginación y mantener viva la memoria de un pueblo orgulloso de su historia, y estas son fragmentos de algunas de ellas…

«Corría el año de 1810. Las tropas napoleónicas avanzaban por Andalucía con paso firme. Sin embargo, en un pequeño pueblo de las montañas, La Peza, un alcalde se convirtió en símbolo de resistencia.
Cuando los franceses exigieron la rendición, aquel hombre se negó. Movilizó a sus vecinos, organizó barricadas, escondió pólvora en tinajas y convirtió el castillo en bastión.
Durante días, los granadinos resistieron con astucia y coraje. El alcalde, herido pero incansable, se mantuvo firme. Finalmente, los invasores se retiraron, sorprendidos por la fiereza de aquel pueblo.
Desde entonces, se dice que cuando sopla el viento entre las almenas, se oye la voz del alcalde gritar: “¡Por La Peza, hasta el final!”.

En una noche estrellada de verano, cuando el castillo aún estaba habitado por moros, una joven llamada Zayra se asomaba desde la torre más alta. Zayra estaba prometida a un príncipe del norte, pero su corazón pertenecía a un soldado cristiano cautivo en las mazmorras. Durante semanas, le llevaba pan escondido y mensajes de esperanza.
Una noche, decidieron huir… descendieron por una cuerda de sábanas desde la torre, pero fueron descubiertos. Él fue ejecutado y ella, encerrada en la torre para siempre. Cuentan que, en las noches de luna llena, una figura blanca se asoma a la almena, buscando el horizonte. Es Zayra, la mora de la torre, esperando el regreso del amor que el destino le arrebató.

En tiempos antiguos, un anciano ermitaño vivía cerca del castillo. Decía haber sido testigo de cómo los templarios escondieron un cofre bajo la roca sobre la que se asienta la fortaleza. Muchos lo tomaron por loco. Decía que ese cofre no contenía oro, sino “el tiempo mismo”. Quien lo abriera, viviría los recuerdos de todos los que pisaron esas piedras. Años más tarde, un niño encontró una abertura secreta en la roca. Dentro, había un reloj de arena que brillaba con luz propia. Lo giró…
Desde entonces, el niño comenzó a contar historias que nadie le había contado. Relataba con detalle batallas, amores y pactos. Dicen que ese niño aún vive, convertido en anciano, y que guarda el reloj esperando que alguien más merezca conocer el tesoro del tiempo.

Las leyendas no nacen por azar. Se forjan con la necesidad de explicar lo inexplicable, de dar alma a los paisajes, de llenar de sentido las ruinas y las sombras. El castillo de La Peza, aunque mudo, habla a quien sabe escuchar. Quizá estas historias no figuren en los libros de historia, pero viven en las piedras, en los suspiros del viento, y en quienes las cuentan. Valdría la pena leerlas y que nunca dejen de contarse.

Interesante ¿verdad? ¿Y qué hay de verdad y de fantasía en las leyendas? ¡que mas da, lo importante es que están ahi para creer o no en ellas, pero que nos dan explicaciones de cosas que …¿por qué no pudieron suceder? Porque la magia de la leyenda no reside en su precisión, sino en su existencia misma y en lo que nos hace sentir. Son el punto de encuentro donde la memoria histórica se funde con la imaginación colectiva para dar sentido a lo que nos rodea.

En el fondo, cada leyenda suele esconder una semilla de verdad, ya sea un evento climático, un personaje real o una advertencia necesaria para la supervivencia. Sin embargo, la fantasía es el ropaje que permite que esa verdad viaje a través de los siglos sin desgastarse, transformando un hecho ordinario en algo épico, aterrador o sagrado que merece ser recordado.

Lo que realmente importa es que estas historias son el lazo que nos une a nuestra identidad y nos permiten mantener vivo el misterio en un mundo que a veces parece demasiado explicado. Al final, la leyenda no busca informarnos, sino conmovernos y recordarnos que, entre la realidad y la ficción, siempre hay un espacio para el asombro y… ¿a que vale la pena?

Feliz velada de este penúltimo día de abril ya avanzando a la plena primavera …¡llega mayo!. Y mis dos fotos de esta noche, en honor a mi carta de hoy, que habla de leyendas de La Peza, están dedicadas precisamente a La Peza… la primera es una panorámica desde una de sus entradas cuando llegas allí y en lo más alto está su castillo, medio derruido; a sus faldas el pueblo con sus preciosa Iglesia de estilo mudéjar y que antes fue mezquita. Y la segunda está tomada justo en ese castillo y se ve el pueblo desde el lugar en que se hizo la otra… fue en una de mis vistas, muy frecuentes, que en este caso hice estando aún en la Universidad …¡sólo tenía 19 años! y aparezco como un verdadero turista, ¡hasta con mi cámara de fotos de entonces! porque fui con gran amigo y compañero Juan Julián, a quien dedico un abrazo, y que fue quien tomó la foto.

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