CARTAS A DULCINEA
Viernes, 13 de marzo de 2026

¿A ti te han llamado en alguna ocasión con esta expresión para pedirte que vayas a donde está tu padre, tu madre, tu hermana mayor… alguien que tiene poder sobre ti? A mi si, en muchas ocasiones, y casi siempre no era para nada bueno, ¡y se notaba en el tono en que te lo pedían! yo lo recuerdo de pequeño en mi pueblo, decirlo a mi madre.
Y es que existen expresiones que poseen una fuerza gravitatoria propia, frases que no solo comunican una dirección, sino que establecen un espacio de intimidad y urgencia. El «ven acá pa cá» es mucho más que una redundancia sonora; es el lenguaje del afecto, de la confidencia y del refugio. En esa repetición juguetona, casi musical, se anula la distancia física y emocional para dar paso a un encuentro inmediato. Es el llamado de una madre que busca proteger, del amigo que tiene un secreto que no puede esperar o del abuelo que abre los brazos para ofrecer un consuelo que no necesita palabras, solo cercanía.
Esta locución popular actúa como un lazo invisible que nos devuelve al centro de lo humano. En un mundo donde las comunicaciones son a menudo frías, digitales y distantes, el «ven acá pa cá» reclama la presencia del cuerpo y el calor del aliento. Es una invitación a dejar de lado lo que estamos haciendo para entrar en el círculo de confianza de otra persona. Al pronunciarlo, se detiene el tiempo y se crea un refugio efímero donde lo único que importa es ese «aquí» compartido. Es la gramática del corazón que no entiende de reglas académicas, pero comprende perfectamente la necesidad de conexión.
Hay una calidez instintiva en este giro lingüístico que nos hace bajar las defensas. Cuando alguien nos lanza un «ven acá pa cá», nos está diciendo que somos importantes, que lo que tiene que decirnos o el abrazo que quiere darnos requiere que estemos lo suficientemente cerca como para sentir su pulso. Es el antídoto contra la soledad y la prisa; es la insistencia cariñosa que nos saca de nuestras preocupaciones para devolvernos al momento presente. En su aparente simplicidad, encierra la esencia misma de la hospitalidad: el deseo de compartir un espacio común donde la palabra «lejos» deja de tener sentido.
Al final, todos necesitamos, de vez en cuando, que alguien nos atraiga hacia su órbita con esa contundencia afectiva. Dejarse llevar por ese llamado es reconocer que la vida solo cobra sentido pleno en el encuentro directo. El «ven acá pa cá» nos recuerda que, a pesar de todas las tecnologías, la mayor red social sigue siendo el espacio que hay entre dos personas que deciden acortar sus pasos para estar, sencillamente, el uno frente al otro. Es el triunfo de la cercanía sobre la distancia, un recordatorio de que los mejores momentos de la vida ocurren siempre a una distancia de brazo, allí donde el «pa cá» se convierte, finalmente, en un nosotros.
Y en este nuevo viernes, ya «a punto casi de primavera», mis dos fotos de hoy son la misma foto, desde el mismo lugar exactamente, en dos momentos distintos del día… la primera es de esta mañana, y la segunda en la hora del ocaso, hace muy poco rato, e un nuevo día que ya anuncia la primavera. Feliz velada de viernes, del último viernes del invierno.


