El Hospital del Señor

CARTAS A DULCINEA
Domingo, 7 de junio de 2026

Mira qué alegoría mas bonita te he seleccionado para hoy domingo…

«Fui al Hospital del Señor a hacerme una revisión de rutina y constaté que estaba enfermo. Cuando Jesús me tomó la tensión vio que estaba baja de ternura. Al medirme la temperatura el termómetro registró 40 grados de egoísmo.

Hizo un electrocardiograma y el diagnóstico fue que necesitaba varios «by-pases» de amor porque mis venas estaban bloqueadas y no abastecían mi corazón vacío.

Pasé hacia ortopedia: no podía caminar al lado de mi hermano, y tampoco podía abrazarlo porque me había fracturado al tropezar con mi vanidad. También me encontraron miopía, ya que no podía ver más allá de las apariencias; cuando me quejé de sordera Jesús me diagnosticó quedarme sólo en las palabras vacías de cada día.

GRACIAS SEÑOR, porque las consultas son gratuitas, por tu gran misericordia. Prometo, al salir de aquí, usar solamente los remedios naturales que recetas en el Evangelio…

Al levantarme tomaré un vaso de AGRADECIMIENTO.
Al llegar al trabajo, una cucharada sopera de BUEN DÍA.
Cada hora un comprimido de PACIENCIA y una copa de HUMILDAD.
Al llegar a casa, SEÑOR, voy a tener diariamente una inyección de AMOR, y al irme a acostar dos cápsulas de CONCIENCIA TRANQUILA.

¡GRACIAS, SEÑOR!
(Web católico de Javier)

Y es que estar en el Hospital de Dios es una expresión que evoca una geografía del espíritu más que un emplazamiento físico, situándonos en ese espacio liminal donde la fragilidad humana se rinde ante lo inefable. Se trata de una metáfora de la vulnerabilidad absoluta, ese estado en el que las ambiciones del mundo exterior, las agendas apretadas y los ruidos de la cotidianidad se desvanecen para dejar paso a lo esencial. En este recinto simbólico, la curación no siempre se mide con parámetros clínicos, sino con la capacidad de encontrar consuelo en medio de la incertidumbre más profunda.

Habitar este «hospital» significa reconocer que existen heridas que no cicatrizan con medicina, sino con silencio, paciencia y una entrega total a aquello que escapa a nuestro control. Es el lugar donde el ego se despoja de sus armaduras y el ser humano se redescubre en su pureza más básica, comprendiendo que la verdadera fortaleza nace de aceptar la propia debilidad. Aquí, cada suspiro es una oración silenciosa y cada momento de espera se convierte en una oportunidad para la introspección, transformando el dolor en un maestro severo pero iluminador.

Al final, estar bajo estos cuidados invisibles es una invitación a la confianza ciega y a la reconciliación con el misterio de la vida. Quien transita por sus pasillos espirituales no busca simplemente la ausencia de enfermedad, sino una integridad nueva que solo se alcanza cuando se abraza la finitud con serenidad. Es, en definitiva, el refugio último donde el alma, cansada de luchar contra la corriente, se permite simplemente ser, esperando que la mano de lo eterno restaure aquello que el mundo, en su prisa, se encargó de desgastar.

¡Y se acaba otro fin de semana, el primero de junio! Feliz velada de domingo con mis dos fotos de hoy, reflejo del día que estamos viviendo, con los cielos que se los reparten las nubes y el sol y con el calor propio de un siete de junio.

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