CARTAS A DULCINEA
Viernes, 12 de junio de 2026

La expresión popular «montar un pollo» es una de las formas más claras y visuales que tenemos en nuestro idioma para explicar ese momento en que una persona pierde la paciencia, se olvida de la educación y decide convertir su enfado en un espectáculo que ve todo el mundo. Esto no es una simple discusión de pareja o de amigos en voz baja, sino que esta frase nos hace pensar en un lío enorme, ruidoso y desordenado que alguien organiza de repente en mitad de la vida diaria, rompiendo la paz de una fila para pagar, el silencio de un restaurante o la tranquilidad de una comida con la familia. Para montar un pollo se necesita, obligatoriamente, un sitio con gente y un público que mire, porque el objetivo secreto de este ataque de nervios no es solo protestar por algo que nos parece mal, sino obligar a todos los que están alrededor a que nos miren y nos presten atención a base de hacer muchos vientos con los brazos y de gritar muy fuerte.
El origen de la frase, que algunas personas dicen que viene de los antiguos bancos de piedra o cajones desde los que se hablaba en alto al pueblo, demuestra esa idea de querer subirse a un sitio alto, ya que quien monta un pollo se sube a una especie de escenario invisible para exigir un protagonismo y una atención que la razón, la mayoría de las veces, no le da. Es una forma de defenderse o de atacar a otros que cambia las buenas palabras y el hablar bien por el ruido y los chillidos, como si fuera una obra de teatro de la rabia donde el guion se va inventando sobre la marcha según te va subiendo el enfado por las venas. En medio de todo este jaleo, el sentido común suele quedarse a un lado, superado por la fuerza de una emoción muy grande que necesita demostrarse con gestos exagerados y palabras que cortan como cuchillos para sentir que tiene valor gracias al caso que le hacen los demás.
A pesar de que tiene una fama muy mala, el hecho de montar un pollo forma parte de la manera de ser y de sentir de una cultura como la nuestra, que no tiene miedo de sacar sus problemas a la luz y enfadarse con mucha fuerza. De todos modos, la distancia entre quejarse por algo que es justo y montar un número de circo sin motivo es muy pequeña; mientras que lo primero sirve para buscar justicia, lo segundo suele ser el escondite de quien no tiene ningún argumento real y prefiere hacer mucho ruido para despistar y que no se note que no tiene razón. Al final, todo ese jaleo y esos gritos se apagan tan rápido como empezaron, dejando después un silencio muy incómodo para todos los presentes y la seguridad de que, aunque el espectáculo haya sido muy grande y llamativo, las cosas que se hacen solo por un ataque de rabia casi nunca sirven para arreglar los problemas de verdad ni para encontrar soluciones que duren.
El escritor López también explica en su libro titulado ‘Ya está el listo que todo lo sabe’ que, durante los años mil ochocientos, se hicieron muy famosas unas tarimas portátiles que se llamaban ‘poyo’, escrito con la letra i griega, que algunos hombres utilizaban para dar discursos de política y armar debates en mitad de la calle. A partir de esa época, cuando dos personas se ponían a discutir con fuerza, la gente empezó a decir que estaban montando un poyo, refiriéndose a esa tarima de hablar. Hoy en día, las normas de nuestro idioma y el Diccionario de la Real Academia Española ya aceptan que se escriba la palabra ‘pollo’ con la letra elle para usarla en esta frase de toda la vida.
¡Un día mas que nos acostamos habiendo aprendido algo mas, como es el significado y el origen de esta frase utilizada en la vida diaria! Feliz velada de viernes y aquí nos vemos, si así lo deseas, mañana. Mis fotos ya ves que las de un día muy despejado que ha vuelto a ser el de hoy después de varios dias en que las nubes nos habían acompañado.


