CARTAS A DULCINEA
Sábado, 22 de agosto

En los pueblos de Castilla, Extremadura y buena parte de Andalucía, llamar a alguien “abanto” es una forma elegante y antigua de señalar su torpeza vital. No es el bruto ni el malvado. Es el que se asusta de su propia sombra, el que tropieza con el aire, el que vive aturdido como si le hubieran dado un capotazo sin saber hacia dónde correr. La palabra viene directa del mundo taurino: un toro abanto es ese animal temeroso, espantadizo, que huye del engaño en lugar de embestir con nobleza. De ahí saltó al terreno humano para describir al que carece de temple, al que se azora con facilidad y avanza por la vida con pasos torpes y desconcertados.
Ser un abanto es moverse por el mundo como ese toro que no encuentra su sitio en la plaza. Todo le sorprende, todo le altera. Es el que se para en seco ante una decisión sencilla, el que responde con balbuceos cuando le piden claridad, el que organiza un estropicio al intentar algo tan simple como cambiar una bombilla. No es vago por elección, sino por esa especie de parálisis mental que le hace tropezar consigo mismo. En algunos rincones se usa para el desordenado crónico, el que deja todo a medias, el que vive entre papeles y cachivaches como si una tormenta hubiera pasado por su casa. En otros, apunta al atolondrado que actúa con prisas y aspavientos, armando más ruido que provecho.
La expresión tiene esa sorna castellana que no grita, pero duele con precisión. “Eres un abanto, hijo” se dice al muchacho que se olvida de cerrar la puerta por tercera vez, o al amigo que se asusta cuando le proponen un plan improvisado. No lleva rabia; lleva resignación cariñosa. Porque el abanto no es peligroso, solo es agotador. Te cansa con su indecisión, con sus sustos repentinos, con esa manera de complicar lo sencillo hasta convertir una mañana normal en un sainete. Es el que llega tarde porque se entretuvo mirando una nube, el que rompe dos vasos mientras sirve el vino, el que pregunta lo obvio cuando todos ya han entendido el chiste.
En el fondo, ser abanto es una forma de inocencia torpe. No hay malicia en él, solo falta de ese instinto que guía a los demás con naturalidad. Mientras unos embisten la vida con decisión, el abanto se queda mirando la muleta sin saber si cargar o huir. Y ahí radica su encanto y su condena: nunca llega a ser héroe ni villano, solo un personaje secundario que hace sonreír y suspirar al mismo tiempo.
Curiosamente, la palabra también ha tenido usos para el avaro o el que acapara todo con ansiedad, pero predomina el sentido de torpeza y susto fácil. Es el antónimo perfecto del espabilado, del avispado que huele el peligro o la oportunidad a distancia. El abanto, en cambio, se deja llevar por el viento, se asusta con el eco de sus propios pasos y termina siempre un poco perdido, como ese toro que nunca entendió las reglas de la plaza.
La próxima vez que veas a alguien paralizarse ante lo cotidiano, que tropiece con sus propias palabras o que arme un pequeño caos sin intención, acuérdate de la sentencia antigua: “Qué abanto estás hecho”. No hace falta más. La imagen del toro asustadizo lo dice todo: pesado, desorientado y, en el fondo, inofensivo. Parte del paisaje humano, como esos animales que nunca fueron hechos para la gloria, pero que dan color a la tarde con su torpeza sincera. Y quizás, solo quizás, en esa falta de bravura haya una lección: no todos nacimos para embestir. Algunos solo estamos aquí para recordarnos que, a veces, lo más humano es simplemente asustarse un poco.Abanto: Torpe o tonto, que actúa sin sentido. “Qué abanto eres”.
¿Habías escuchado o utilizado alguna vez esa expresión de «ser un abanto»? Yo en mi pueblo, cuando era pequeño si que la escuché montones de veces…¡pero el lenguaje popular, con toda su riqueza, se está perdiendo, y es una pena!. Feliz velada de sábado.


