Ser un galguzo… el placer dulce de no resistirse.

CARTAS A DULCINEA
Sábado, 8 de agosto

En el colorido repertorio del habla popular española, especialmente en tierras andaluzas, manchegas y extremeñas, pocas palabras describen con tanto cariño y picardía un vicio tan humano como “ser un galguzo”. Se trata de esa persona irremediablemente golosa, capaz de olfatear un dulce a kilómetros de distancia y de caer rendida ante cualquier chuchería, pastel o caramelo que se cruce en su camino. No es mera afición: es una forma de vida.

Ser un galguzo implica una entrega casi poética a lo dulce. Es el que abre la despensa a medianoche buscando algo que calme ese antojo eterno, el que en cualquier celebración va directo a la mesa de postres antes que al plato principal, o el que convierte una simple visita al supermercado en una expedición por el pasillo de las golosinas. “¡Qué galguzo eres, no dejas ni las migajas!”, se oye entre risas cuando alguien arrasa con las sobras del cumpleaños.

Esta expresión, derivada del adjetivo “galgo” en su acepción antigua de goloso, lleva un matiz afectuoso y juguetón. No condena, más bien celebra esa debilidad que nos hace tan cercanos. Porque ¿quién no ha sentido alguna vez esa mirada culpable pero feliz al terminarse el último trozo de turrón o al pedir “solo una” galleta que se convirtió en media caja? El galguzo no disimula: abraza su vicio con naturalidad y suele contagiarlo.

En un mundo obsesionado con dietas, calorías y autocontrol, ser un galguzo se convierte en un pequeño acto de rebeldía cotidiana. Recuerda que la vida también se disfruta con los sentidos, que un poco de azúcar puede endulzar un mal día y que, de vez en cuando, vale la pena ceder al capricho. Claro que siempre con moderación, porque el exceso puede pasar factura, pero el equilibrio del galguzo sabio consiste en saber cuándo rendirse al placer sin arrepentirse después.

Lo más bonito de esta expresión es cómo humaniza nuestros pequeños defectos. Todos llevamos dentro un galguzo dormido que despierta ante el olor de un bizcocho recién hecho o el brillo de un chocolate. Es parte de nuestra herencia cultural, de esas tradiciones orales que convierten lo cotidiano en algo entrañable y compartido.
Así que la próxima vez que te sorprendan con la mano en la caja de bombones, asume tu condición con orgullo: eres un galguzo, y en eso reside parte de tu encanto. Porque en un universo a veces demasiado amargo, quienes saben apreciar lo dulce son los que mejor saben saborear la existencia. ¡Que nunca nos falten las galguerías!

Y si, yo reconozco haber sido de siempre y seguir siendo un «galguzo», pero….¡es que está tan bueno lo dulce…! Feliz sábado y feliz velada de fin de semana com estas dos fotos de hoy tan playeras, ¡que es lo que toca!, a pleno día en Calahonda y al atardecer en La Torre!

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