CARTAS A DULCINEA
Viernes, 4 de septiembre

Entre todas las frases que usamos a diario al hablar, hay muy pocas que expliquen tan bien y con tanta sencillez cómo nos cambia la vida un golpe de suerte como «otro gallo cantaría». Es una frase que solemos soltar dejando escapar un suspiro de resignación, a veces con rabia y otras con una sonrisa amarga, justo cuando nos da por pensar qué habría pasado si una sola cosa, por insignificante que pareciese, hubiera sido distinta. No se trata simplemente de llorar por lo que ya ocurrió: es darnos cuenta de que un giro imprevisto del destino habría puesto todo del revés. Es, en definitiva, la frase que resume los trenes que dejamos escapar, las cosas que escapan por completo a nuestro control y todos esos «si yo hubiera hecho esto» que tanto nos pesan en la cabeza.
Para entender de dónde viene esta costumbre hay que viajar con la imaginación al campo de antes, cuando todavía no existían los relojes con alarma y el inicio de la jornada lo marcaba el animal del corral. Ese primer canto mañanero avisaba a todo el mundo de que el sol empezaba a asomar, de que tocaba coger los aperos para trabajar la tierra y de que la vida seguía su curso natural sin detenerse ante nada. Si en vez de cantar ese animal en concreto hubiera cantado otro vecino, el amanecer se habría vivido de una forma completamente distinta: a lo mejor habría cantado bastante más temprano, o quizás más tarde, con un tono más ronco o saliendo desde otra esquina del pueblo. Con el paso de las generaciones, la gente dejó de pensar únicamente en el animal de plumas y empezó a usar la comparación para la vida real. Así fue como «otro gallo cantaría» pasó a querer decir que, con un cambio cualquiera en las cosas que pasaron, hoy estaríamos viviendo un cuento muy diferente. Esta manera de expresarse ya se leía en libros castellanos de hace varios siglos y terminó quedándose para siempre en boca de los abuelos, de los padres y de los hijos.
A día de hoy la seguimos soltando en cualquier rincón y ante cualquier tropiezo cotidiano. La dice el estudiante que mira el suspenso en el examen y piensa con pena que, si hubiera abierto los libros unos días antes, otro gallo cantaría. La piensa el jugador de fútbol o de baloncesto que, tras perder el partido, está convencido de que sin ese golpe en la pierna o con otro árbitro pitando las faltas el resultado habría sido una fiesta. La murmuran también los novios o los amigos de toda la vida cuando, después de una riña tonta, reconocen que si no se hubieran dicho esa frase tan fea en caliente, ahora no estarían distanciados ni con malas caras. Pasa exactamente igual cuando la gente se junta en el bar a hablar de las noticias del país y todos comentan que, si los gobernantes hubieran elegido otro camino hace unos años, hoy a las familias les iría muchísimo mejor. Decir esto siempre tiene una mezcla de melancolía y de sentido común: sirve para reconocer que la tranquilidad diaria depende de hilos muy delgados y que lo que nos toca vivir hoy es solo una de las muchas posibilidades que pudieron haber ocurrido.
Sin embargo, quedarse solo en el lamento sería un error. Decir «otro gallo cantaría» también es una llamada a pararnos un momento y pensar con la cabeza fría. La frase nos avisa de que muchas de las cosas que nos suceden no caen del cielo por pura casualidad, sino que son la consecuencia directa de lo que nosotros mismos hacemos y decidimos día a día. Cuidar los pequeños detalles —ponerle un poco más de empeño al trabajo, saber callar a tiempo para no lastimar a nadie o atreverse de una vez a tomar una decisión difícil— puede transformar por completo la melodía con la que nos levantemos mañana. El objetivo no es quedarse atrapado torturándose con lo que pudo haber sido y no fue, sino comprender que lo que viene por delante todavía no está escrito en ningún sitio y que todavía conservamos las riendas para decidir qué sonido queremos escuchar al despertar.
Por eso mismo, la próxima vez que los planes se te tuerzan, que las cosas no salgan tal y como tú querías y sientas ganas de soltar ese refrán, escúchate a ti mismo con calma. No lo uses para castigarte ni para buscar culpables, sino para recordar que el mundo está lleno de caminos diferentes que todavía puedes tomar. Hay oportunidades que llegan antes de tiempo, otras que tardan demasiado en aparecer, pero al final solo una marca el camino que pisamos. El verdadero acierto consiste en aprender a hacer las cosas bien en el presente para que, cuando pase el tiempo, no tengamos que agachar la cabeza con tristeza diciendo que otro gallo cantaría. Al fin y al cabo, cada vez que sale el sol se nos vuelve a dar una página en blanco para cambiar la historia.
Feliz tarde y velada de viernes de nuevo ya, un viernes de muchas nubes, otros ratillos de sol tamizado y eso si… de calor de agosto toda la noche y todo el dia.


