CARTAS A DULCINEA
Domingo, 8 de noviembre

Querida Dulcinea:
Seas creyente o no lo seas, creo que a todos no viene bien leer mi carta de hoy domingo, en el que quiero hablarte de una historia que contó Jesús y que, aunque nació hace muchos años, sigue teniendo mucho que decirnos a todos.
Habla de diez mujeres que esperaban al novio para una boda. Todas llevaban una lámpara. Todas estaban esperando. Todas tenían sueño y todas terminaron quedándose dormidas. Pero había una diferencia entre ellas: unas habían llevado aceite suficiente para mantener encendidas sus lámparas y otras no.
Cuando llegó el momento esperado, las que estaban preparadas pudieron seguir adelante. Las demás se dieron cuenta, demasiado tarde, de que les faltaba aquello que necesitaban.
Y pienso que esta sencilla historia se parece mucho a nuestra propia vida. Porque nosotros también esperamos muchas cosas. Esperamos días mejores, una llamada, una visita, una buena noticia, una oportunidad. Y mientras esperamos, muchas veces dejamos para mañana aquello que podríamos hacer hoy. Decimos: «Ya iré a verlo», «ya le llamaré», «ya le diré que lo quiero», «ya pediré perdón», «ya tendré tiempo». Y así van pasando los días, los meses y los años. Hasta que un día comprendemos que algunas oportunidades no vuelven.
Por eso creo que la enseñanza de esta historia es muy sencilla: no dejemos para mañana lo que de verdad importa.
Si queremos a alguien, digámoselo. Si podemos ayudar, ayudemos. Si tenemos que pedir perdón, hagámoslo. Si tenemos una persona querida cerca, disfrutemos de su compañía. Y si tenemos un sueño que todavía podemos cumplir, intentemos hacerlo.
Para quien tiene fe, esta historia habla también de estar preparados para el encuentro con Dios. Pero incluso quien no cree puede encontrar en ella un mensaje muy humano: debemos vivir de tal manera que, cuando llegue el momento de mirar hacia atrás, no tengamos que decir demasiadas veces: «Ojalá hubiera hecho aquello».
Quizá nuestras lámparas sean nuestros propios días. Y quizá el aceite sea todo aquello que vamos poniendo dentro de ellas: el cariño, la amistad, la bondad, la generosidad, los recuerdos y las pequeñas cosas que hacen que nuestra vida tenga sentido. Porque la vida nos entrega la lámpara, pero somos nosotros quienes tenemos que procurar que no se apague.
Y hay algo más que me parece importante,: nadie puede vivir nuestra vida por nosotros. Nadie puede querer en nuestro lugar, perdonar en nuestro lugar, disfrutar en nuestro lugar ni recuperar el tiempo que dejamos escapar. No podemos regalar ni prestar parte de nuestra fe.
Por eso…
Mientras tengamos luz, caminemos.
Mientras tengamos a alguien a quien abrazar, abracémoslo.
Mientras podamos decir «te quiero», digámoslo.
Y mientras la lámpara siga encendida, no esperemos a que llegue la noche para descubrir cuánto valía su luz.
Feliz velada de un domingo que vuelve a presentar los cielos grises…a ver si hay suerte y nos vuelve a visitar la lluvia, aunque sea tan escasa como viene haciéndolo últimamente… aunque la verdad es que la lluvia por aquí siempre ha sido escasa.


