CARTAS A DULCINEA
Martes, 21 de abril de 2026

«En un pequeño pueblo vivía un sastre tan habilidoso con la aguja como pobre de bolsillo. Tenía una esposa y muchos hijos a los que le costaba alimentar. Un día, cansado de la miseria, se despidió de su familia, jurando no volver hasta que hubiera encontrado una fortuna que les asegurara el porvenir. Caminó durante horas sin un rumbo fijo, cuando de pronto, se encontró en el sendero con una figura alta y huesuda: la Muerte.
—¡Ay, señora Muerte! —gritó el sastre, cayendo de rodillas.
La Muerte, con su voz seca y resonante, le dijo: —¿Por qué te asustas si tantas veces me has llamado a gritos deseando morir?
El sastre, recuperando el aliento, le explicó su pena:
—Cierto es que he deseado morir, pero hoy no, pues he salido a buscar fortuna para mis hijos. ¿Qué sería de ellos si me llevas ahora?
Al ver la pobreza del sastre y su preocupación sincera, la Muerte se ablandó un poco. Además, al sastre se le ocurrió un pensamiento repentino y audaz.
—Señora Muerte —dijo—, permítame que le haga una humilde ofrenda. ¡Su capa está muy desgastada! Yo, que soy sastre, puedo hacerle un traje nuevo y elegante.
La Muerte, curiosa, aceptó. El sastre tomó medidas con gran cuidado y al terminar, le entregó un traje nuevo impecable.
La Muerte, agradecida por el regalo y el detalle, le dijo:
—Cumpliste, compadre. A cambio, te haré un favor que cambiará tu suerte. Te convertiré en el médico más famoso del mundo. El sastre se quedó boquiabierto. ¿Él, médico?
La Muerte continuó, explicando las reglas:
—Cuando vayas a ver a un enfermo, yo te indicaré si tiene remedio o no. Si me ves parada a la cabecera de la cama, no hay nada que hacer, su hora ha llegado. Pero, si me ves a los pies de la cama, aunque parezca muy grave, no hay que temer, pues tu ciencia lo salvará.
El sastre aceptó el trato con alegría, y al poco tiempo regresó a su pueblo con dinero y ropa nueva para abrir su consultorio.
Su fama creció como la espuma. Cuando lo llamaban a una casa, él entraba, fingía tomar el pulso y mirar con atención, y luego seguía las instrucciones de su macabra comadre. Si la veía a los pies, recetaba unos brebajes y el paciente sanaba milagrosamente. Si la veía en la cabecera, meneaba la cabeza y declaraba que la enfermedad era terminal.
Un día, lo llamaron para curar al hombre más rico del pueblo, que estaba gravísimo. Al entrar, el sastre vio a la Muerte parada ¡en la cabecera!
El sastre, que ya se había acostumbrado a la buena vida, no quería perder a un cliente tan importante. Sin que la Muerte lo notara, se acercó a la cabecera y, con toda su fuerza, empujó a la Muerte hacia los pies de la cama.
—¡Señores! —anunció el «doctor» con autoridad—, la enfermedad es maligna, ¡pero mi ciencia es mayor!
El rico se curó, y el sastre fue recompensado con una gran bolsa de oro.
La Muerte se le apareció esa noche, furiosa. —¡Me engañaste, compadre! ¡Te advertí sobre las reglas!
El sastre, astuto, le ofreció un banquete con la comida más deliciosa y los mejores vinos. —Comadrita —dijo con afecto—, espero que se olvide de este pequeño error.
La Muerte, suavizada por el festín, le perdonó el desliz, pero le hizo una promesa:
—Está bien, compadre. Pero te juro que, tres días antes de venir por ti, te avisaré personalmente. El sastre aceptó, satisfecho. Siguió su vida como el famoso Doctor Improvisado, amasando una gran fortuna.
Y como no hay plazo que no se cumpla, una mañana, tres días antes del amanecer, la Muerte se apareció en la puerta de su recámara.
—Compadrito, ¿estás despierto? —le susurró. —Sí, comadre.
—Vengo a recordarte que solo te quedan tres días para arreglar tus asuntos, pues al cuarto… nos vamos.
El sastre, aterrado, intentó de todo. Intentó esconderse en el más profundo de los sótanos, se afeitó la barba y las cejas para volverse irreconocible, y se vistió con harapos. Pero no hubo escapatoria.
Al cuarto día, la Muerte lo encontró justo en la puerta de su casa.
—Compadrito, no te esfuerces. Te di un plazo y te he honrado mi promesa.
Y así fue como el sastre, a pesar de sus riquezas y de haber engañado a la Muerte por un tiempo, tuvo que aceptar su destino. Dejó un gran legado a su familia, y la Muerte, cumpliendo su palabra, se lo llevó como a un viejo amigo, cerrando el ciclo de la vida y la muerte.
El mensaje central del cuento es que la muerte es un destino inevitable que no distingue entre riqueza, fama o astucia, recordándonos que todo ciclo tiene un final que debe ser aceptado. A través del sastre, el relato resalta que el ingenio y la audacia son herramientas poderosas para superar la miseria y proteger a los seres queridos, permitiendo al hombre cambiar su suerte mediante la negociación y el oficio.
Sin embargo, también funciona como una advertencia sobre la ambición, mostrando que romper las reglas fundamentales de la vida por codicia tiene consecuencias y que ninguna fortuna puede comprar tiempo adicional cuando el plazo se ha cumplido.
Finalmente, la historia sugiere que la verdadera victoria del sastre no fue burlar a la muerte, sino aprovechar el tiempo ganado para asegurar el porvenir de su familia y enfrentar su partida con la serenidad de quien ha cumplido su palabra.
Y hoy, para variar, hemos tenido un día blanquecino, sin color, como se ve en mi primera foto de La Torre en la que, además, se aprecian los dos cruceros que hoy estaban atracados en el Puerto de Motril… una temporada turística que empieza hoy y que tiene varios meses por delante con constantes visitas de cruceros que traen turismo a nuestra tierra, un magnifico futuro ya presente en el que tiene mucho que ver el Presidente del Puerto, mi amigo Pepe García Fuentes, con su buen hacer. Y en mi segunda foto, una rosa roja de abril, de Carchuna, para ti. Feliz velada de martes.


