El elogio de la inmovilidad… la anatomía de no dar un palo al agua.

CARTAS A DULCINEA

Viernes, 8 de mayo de 2026

La expresión popular «no dar un palo al agua» evoca una imagen náutica de absoluta pasividad, donde el remo permanece seco y la embarcación queda a merced de la corriente, ajena al esfuerzo que exige el avance. En su origen más literal, esta frase nos traslada a la dureza de las galeras o de los botes de pesca, donde el fallo de un solo brazo rompía el ritmo del grupo, convirtiendo al perezoso en una carga para la colectividad. Sin embargo, más allá de la anécdota marinera, el modismo se ha instalado en nuestro lenguaje cotidiano como el veredicto definitivo sobre la desidia, esa forma de estar en el mundo donde el compromiso con la tarea brilla por su ausencia y el tiempo se consume en una espera improductiva.

Estar en esa situación de quietud voluntaria implica una desconexión con el pulso del esfuerzo ajeno, creando una burbuja de indiferencia que a menudo resulta irritante para quienes sudan sobre el remo. No dar un palo al agua no es solo una falta de productividad, sino una quiebra de la solidaridad básica, pues en cualquier estructura social, el vacío que deja quien no trabaja debe ser llenado por el doble esfuerzo de los demás. Es la representación de una voluntad en estado de reposo absoluto, un «dolce far niente» llevado al extremo que, si bien puede parecer tentador en momentos de agotamiento, termina por convertir al individuo en un espectador pasivo de su propia existencia, alguien que ve pasar el paisaje sin haber contribuido a trazar el rumbo.

Curiosamente, en la sociedad contemporánea de la hiperactividad y el rendimiento constante, esta expresión adquiere matices casi rebeldes, aunque su carga siga siendo mayoritariamente negativa y burlesca. Hay algo de insolencia en la figura del que se niega a golpear el agua, una suerte de resistencia pasiva ante la exigencia de utilidad que el mundo impone a cada segundo de nuestra vigilia. No obstante, la sabiduría que encierra el dicho nos advierte de que la vida, como el río, exige una mínima interacción para no encallar en el fango de la irrelevancia. Al final, golpear el agua con el palo es la única forma de sentir la resistencia del mundo y, al mismo tiempo, de confirmar que seguimos siendo nosotros quienes empujamos la barca hacia la orilla deseada.

Feliz velada de un nuevo pórtico de fin de semana, que parece que no se presenta demasiado caluroso, hoy el ambiente ha estado fresquito, mas aún por el viento que ha soplado de levante.

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