CARTAS A DULCINEA
Sábado, 9 de mayo de 2026

La sabiduría popular, siempre afilada y oportuna, ha recogido en la sentencia de «quien se fue a Sevilla perdió su silla» una de las leyes no escritas más implacables del comportamiento humano y la dinámica social. Esta expresión, que parece nacer de una anécdota histórica sobre una disputa entre arzobispos, ha trascendido los siglos para convertirse en una advertencia universal sobre la fragilidad del espacio que ocupamos en el mundo. No se refiere únicamente al asiento físico en una mesa o al puesto en una oficina, sino a la naturaleza volátil de la pertenencia y a cómo el tiempo y la distancia erosionan los vínculos y los privilegios que dábamos por sentados.
El fondo de este refrán revela una verdad incómoda: la vida no se detiene para esperar a los que se marchan, y el vacío que dejamos tiende a ser ocupado con una velocidad casi biológica por nuevas ambiciones y necesidades. En un sentido estricto, la silla es el símbolo de la autoridad, el estatus o la seguridad, elementos que requieren de una presencia constante y una vigilancia activa para ser preservados. Al alejarnos, ya sea por distracción, por ambición de nuevos horizontes o por una confianza excesiva en nuestra propia indispensabilidad, abrimos una grieta por la que se cuela la oportunidad de un tercero, recordándonos que nadie es eterno en su pedestal.
Sin embargo, esta máxima también admite una lectura más profunda sobre la renovación y el desapego, sugiriendo que aferrarse obsesivamente a una silla puede ser una forma de estancamiento. Perder el sitio por haberse ido a Sevilla implica que se ha tomado el riesgo de explorar, de viajar y de cambiar, aceptando que el precio del movimiento es, a menudo, la pérdida de una comodidad previa. Quizás la verdadera sabiduría no esté en lamentar el trono perdido, sino en comprender que el mundo está lleno de sillas esperando a ser ocupadas por quienes tienen el valor de levantarse y caminar, aunque el regreso implique encontrar que nuestra antigua posición ahora pertenece a otra historia.
Y la pasada madrugada fue noche de tormentas y lluvia que, siendo así, sin daños, viene muy bien para que se limpie la atmósfera y a ver si las alergias remiten un poco…¡le temo sobre todo a las primaveras por mis alergias!. Mi primera foto es una muestra de esa tormenta eléctrica de la pasada madrugada y la segunda una imagen del atardecer, ya mas tranquilo. Feliz velada de sábado.


