CARTAS A DULCINEA
Viernes, 2 de Octubre de 2026

Querida Dulcinea:
Ayer comenzó octubre. Llegó despacio, casi de puntillas, como hacen las visitas queridas que conocen bien la casa y no necesitan llamar con fuerza a la puerta. Después de los largos días de verano, este mes aparece con otro ritmo, con otra luz y con otro aroma, …aunque todavía con mucho calor. Huele a tierra húmeda, a campos que descansan después del calor, a tardes que se acortan y a hojas que empiezan a desprenderse de los árboles para cubrir los caminos con una alfombra de colores ocres y dorados.
Siempre he pensado que octubre, que a mi me encanta su llegada, es un mes que invita a la reflexión. No tiene la alegría bulliciosa de agosto ni la ilusión de los comienzos de septiembre. Octubre parece hecho para caminar despacio, para mirar el paisaje con calma y para conversar con los recuerdos.
Su nombre tiene una historia curiosa. Procede de una palabra latina que significa «ocho». En la antigua Roma era el octavo mes del año porque entonces el calendario comenzaba en marzo. Con el paso de los siglos cambiaron muchas cosas, pero el nombre permaneció. Es una pequeña muestra de cómo el tiempo avanza y transforma el mundo mientras algunas huellas del pasado continúan acompañándonos.
A lo largo de la historia, octubre ha sido escenario de acontecimientos importantes. Fue en este mes cuando Cristóbal Colón llegó a América en 1492, abriendo una nueva etapa en la historia de la humanidad. También en octubre nació la Organización de las Naciones Unidas, creada con el deseo de favorecer el diálogo y la convivencia entre los pueblos. Muchos años después, un sencillo mensaje enviado a través de una red de ordenadores se convirtió en el primer paso de lo que hoy conocemos como internet. Aquello que parecía una curiosidad técnica terminó cambiando la forma de comunicarnos, trabajar y relacionarnos, como estamos haciendo hoy a través de esta carta mia en internet.
Sin embargo, más allá de las grandes fechas y de los acontecimientos que aparecen en los libros, octubre guarda otros tesoros más sencillos y cercanos. Son los que viven en nuestra memoria.
Cuando llega este mes, recuerdo aquellas mañanas de infancia en las que el aire comenzaba a ser más fresco. Nuestras madres sacaban alguna chaqueta del armario y los abuelos observaban el cielo intentando adivinar si vendrían lluvias abundantes o si el otoño sería seco. En los pueblos, la vida siempre estuvo muy pendiente de las estaciones. Cada nube, cada viento y cada cambio de temperatura tenía su importancia.
Quizá por eso nuestros mayores nos dejaron tantos refranes relacionados con octubre. Eran frases sencillas, nacidas de la experiencia acumulada durante generaciones. Decían: «Octubre lluvioso, año copioso», porque sabían que la lluvia oportuna era una bendición para los campos. También repetían: «Si en octubre sientes frío, dales a tus animales da abrigo», recordando la necesidad de prepararse para los meses más duros del invierno.
Aquellos hombres y mujeres no tenían satélites ni aplicaciones meteorológicas. Su sabiduría nacía de observar el cielo al amanecer, la forma de las nubes, el comportamiento de los animales o la dirección del viento. Y muchas veces acertaban.
Para los cristianos, octubre tiene además un significado especial. Está dedicado a la Virgen del Rosario y también a los Ángeles de la Guarda. Son días que invitan a la oración, a la confianza y al recuerdo de esa fe sencilla que tantas generaciones recibieron de sus padres y abuelos. En muchos hogares todavía se conserva esa devoción transmitida de unos a otros como un pequeño tesoro familiar.
La naturaleza también nos ofrece sus regalos durante este mes. La caléndula, flor representativa de octubre, sigue mostrando sus colores vivos cuando otras plantas comienzan a marchitarse. Y durante algunas noches, el cielo se ilumina con las Oriónidas, una lluvia de estrellas que parece recordarnos que el universo sigue guardando maravillas capaces de despertar nuestra admiración.
Pero, si he de confesarte algo, Dulcinea, lo que más me gusta de octubre no son las curiosidades históricas ni los fenómenos del cielo. Lo que más me emociona es su capacidad para despertar recuerdos.
Octubre tiene algo de álbum de fotografías antiguas. Cada hoja que cae parece una página que se desprende del calendario de nuestra vida. Nos recuerda los otoños de la infancia, las escuelas llenas de niños después de las vacaciones, los primeros paraguas del año, los paseos por calles húmedas y las conversaciones junto a una mesa camilla mientras la lluvia golpeaba suavemente los cristales.
Es un mes que nos enseña una lección silenciosa. Los árboles dejan caer sus hojas sin tristeza porque saben que la primavera volverá. La naturaleza acepta los cambios con una serenidad que a veces los seres humanos olvidamos. Todo tiene su tiempo: el tiempo de florecer, el tiempo de dar fruto y también el tiempo de desprenderse de aquello que ya cumplió su misión.
Tal vez por eso octubre nos invita a vivir con más calma. A valorar las pequeñas cosas. A disfrutar de la compañía de quienes queremos. A recordar con gratitud a quienes formaron parte de nuestra historia y ya no están. A contemplar un atardecer sin prisas y a escuchar el rumor de la lluvia como quien escucha una vieja canción.
Mientras el otoño avanza lentamente y los días se hacen más cortos, octubre vuelve a recordarnos que la vida es un viaje de estaciones. Algunas llegan cargadas de flores y otras de hojas caídas. Pero todas tienen su belleza y todas dejan una enseñanza.
Y así, querida Dulcinea, entre recuerdos, cielos grises, hojas doradas y tardes tranquilas, octubre ha vuelto a llamar a nuestra puerta. Y una vez más, ya le abrimos ayer. Feliz velada de viernes, con cielos aún de verano y calor, aunque hoy mas soportable por el viento de levante que se puede apreciar como agita las banderas de la playa de Calahonda esta mañana en mi segunda foto que acompaña a mi carta.


