CARTAS A DULCINEA
Sábado, 3 de Octubre de 2026

Querida Dulcinea:
Hoy quiero hablarte de una palabra pequeña, muy pequeña, pero que encierra dentro un mundo entero de recuerdos. Es una de esas palabras que no suelen aparecer en los libros ni en los diccionarios, pero que viven desde hace muchos años en las calles, en las cocinas, en las reuniones familiares y en las conversaciones de la gente sencilla de nuestro pueblo. Esa palabra es «la vísttica».
Quizá para quien no sea de Huelma suene extraña. Tal vez incluso le haga sonreír al escucharla por primera vez. Pero para muchos de nosotros es una palabra llena de vida, porque la hemos oído desde niños en boca de nuestros padres, de nuestros abuelos y de tantos vecinos que ya forman parte de nuestros recuerdos.
Todavía puedo imaginar aquellas escenas de la infancia. Una vecina veía llegar a alguien después de mucho tiempo y exclamaba: «¡La vísttica, cuánto ha crecido este muchacho!». Otra contemplaba el campo después de una buena lluvia y decía: «¡La vísttica, qué hermoso está todo!». Y cuando ocurría algo inesperado, bueno o malo, casi siempre aparecía la misma expresión.
Porque «la vísttica» sirve para muchas cosas. Sirve para mostrar sorpresa, admiración, alegría o asombro. Es una palabra que sale sola, sin pensarla demasiado, cuando algo nos impresiona. No necesita explicaciones largas. Basta decirla para que todos entiendan lo que sentimos.
Lo más curioso es que cada persona la pronuncia de una manera distinta. A veces suena alegre y divertida. Otras veces expresa preocupación. En ocasiones refleja admiración y, alguna que otra vez, hasta un poco de enfado. Pero siempre transmite emoción. Siempre lleva dentro algo que nos ha tocado el corazón.
Las palabras del pueblo tienen esa magia. No nacen en despachos ni en academias. Nacen en la vida. Se forman poco a poco entre las conversaciones de cada día. Viajan de una generación a otra y terminan convirtiéndose en parte de nuestra identidad.
Por eso me da cierta tristeza pensar que algunas de estas palabras puedan perderse con el paso del tiempo. Es verdad que el lenguaje cambia. Los jóvenes hablan de otra manera y utilizan expresiones nuevas. Eso ha ocurrido siempre y seguirá ocurriendo. Pero también creo que hay palabras que merecen seguir acompañándonos porque forman parte de nuestra historia.
Cuando desaparece una palabra, no solo se pierde una forma de hablar. También desaparecen recuerdos, costumbres y pequeñas historias que han dado vida a un pueblo durante muchos años. Es como si arrancáramos una página de un viejo álbum familiar.
«La vísttica» es una de esas palabras que nos unen con quienes estuvieron antes que nosotros. Al escucharla, muchos volvemos por un instante a las calles de nuestra infancia, a las tardes de verano sentados en la puerta de casa, a las conversaciones de nuestros mayores o a las reuniones familiares en las que siempre había alguien dispuesto a soltar aquella expresión tan nuestra.
Y es que un pueblo no se reconoce solamente por sus plazas, sus iglesias, sus paisajes o sus fiestas. También se reconoce por su manera de hablar. Cada palabra popular es una pequeña huella que nos recuerda quiénes somos y de dónde venimos.
Por eso, querida Dulcinea, creo que merece la pena seguir pronunciando de vez en cuando esta palabra tan sencilla. No porque sea más importante que otras, sino porque lleva dentro el eco de muchas voces que nos precedieron. Voces que aún parecen acompañarnos cuando recorremos las calles de Huelma o cuando recordamos aquellos años que ya forman parte de nuestra memoria.
Y quizá por eso, cuando un huelmense escucha decir «¡La vísttica!», no oye solamente una expresión de sorpresa. Escucha también un pedacito de su pueblo, una parte de su infancia y un recuerdo de quienes le enseñaron a mirar la vida con sencillez. Porque hay palabras que significan mucho más de lo que dicen. Y «la vísttica» es una de ellas que, además, me recuerda mucho mi niñez en mi pueblo.


