CARTAS A DULCINEA
Sábado, 10 de Octubre de 2026

Querida Dulcinea:
Hay cosas tan habituales que apenas les prestamos atención. Están ahí todos los días, acompañándonos desde que nacemos, y por eso terminamos viéndolas como algo normal. Una de ellas es la luz del Sol.
Cada mañana abrimos los ojos y la claridad entra por la ventana. Comienza un nuevo día. Salimos a la calle, hacemos nuestras tareas y seguimos adelante sin pensar demasiado en ese regalo que nos acompaña desde el amanecer. Sin embargo, basta detenerse un momento para comprender una gran verdad: sin luz no hay vida.
Imagina por un instante un mundo sin Sol. Un mundo oscuro, frío y silencioso. No habría árboles, ni flores, ni campos verdes. No escucharíamos el canto de los pájaros ni veríamos los colores que alegran nuestros paisajes. La vida, tal como la conocemos, simplemente no existiría.
Las plantas son las primeras que necesitan la luz. Gracias a ella crecen, se fortalecen y producen el oxígeno que respiramos. Después vienen los animales y las personas, que dependemos de esas plantas para alimentarnos y vivir. Todo está unido en una cadena maravillosa que comienza con un simple rayo de sol.
También el agua depende de la energía solar. El Sol calienta mares, ríos y lagunas. Hace que el agua se evapore, forme nubes y vuelva a caer en forma de lluvia. Gracias a ese ciclo, los campos producen frutos y los seres vivos encuentran el agua que necesitan para seguir adelante.
Pero la luz no alimenta solamente la naturaleza. También alimenta nuestro ánimo. No es lo mismo una mañana luminosa que un día entero encerrados en la oscuridad. La claridad nos ayuda a despertar, a sentirnos más activos y a mirar el mundo con otros ojos.
Además, la luz nos regala los colores. Gracias a ella podemos admirar el azul del cielo, el verde de los olivos, el rojo de una amapola o los tonos dorados de una tarde de verano. Sin luz, todo sería gris y apagado.
Por eso la luz ha sido siempre un símbolo de esperanza. Cuando alguien encuentra una solución a un problema, decimos que ha visto la luz. Cuando superamos una etapa difícil, sentimos que dejamos atrás la oscuridad. La luz nos habla de nuevos comienzos, de oportunidades y de caminos que vuelven a abrirse.
Quizá por eso los amaneceres tienen algo especial. Después de la noche, aparece poco a poco una claridad tímida en el horizonte. El cielo cambia de color, los pájaros despiertan y la vida vuelve a ponerse en marcha. Es como si la naturaleza nos recordara cada mañana que siempre existe una nueva oportunidad.
Por eso, la próxima vez que contemples salir el Sol, dedica unos segundos a observarlo. Piensa que esa luz que ilumina los campos, las montañas y nuestras casas es también la que hace posible nuestra existencia. Y recuerda una verdad tan sencilla como profunda: mientras haya luz, habrá vida; y mientras haya vida, siempre habrá motivos para la esperanza. Y es que «El Sol sale cada día para recordarnos que la vida continúa.»
Está claro que «sin luz no hay vida», que la luz es imprescindible para ella… y sin luz n i vida tambien color, ese color que nos traen mis fotos de hoy; por eso, cada amanecer es un milagro al que debemos estar totalmente agradecidos. Feliz velada de este sábado, comienzo del nuevo fin de semana.


