«No basta con estar invitados, hay que saber responder»

CARTAS A DULCINEA
Domingo, 11 de Octubre de 2026

Querida Dulcinea:

El Evangelio de este domingo nos cuenta la historia de un rey que preparó una gran fiesta para celebrar la boda de su hijo. Todo estaba dispuesto y solo faltaban los invitados. Sin embargo, cuando los criados fueron a llamarlos, muchos no quisieron acudir. Unos estaban ocupados con sus tierras, otros con sus negocios y otros, sencillamente, no tenían interés en asistir.
El rey, en lugar de rendirse, decidió invitar a otras personas. Mandó a sus criados por los caminos para que llamaran a todos los que encontraran, sin importar quiénes fueran ni cuál hubiera sido su pasado. Y la sala terminó llena de gente.

Jesús nos cuenta esta historia para hablarnos de la invitación de Dios, pero creo que también podemos encontrar en ella una enseñanza que va mucho más allá de la religión, SEAMOS O NO CREYENTES. Es una invitación a pensar en nuestra manera de vivir, en las oportunidades que recibimos y en lo que hacemos con ellas.
Porque la vida también nos invita continuamente a participar en una gran fiesta. Nos ofrece la oportunidad de querer, de compartir, de ayudar a los demás, de disfrutar de las pequeñas cosas y de hacer más agradable el camino de quienes nos acompañan.

Pero, muchas veces, estamos demasiado ocupados para darnos cuenta. Corremos de un lado para otro, pendientes del trabajo, del dinero, de nuestras preocupaciones y de nuestros propios intereses. Queremos tener más, conseguir más y llegar más lejos. Y, mientras tanto, podemos dejar pasar aquello que de verdad da sentido a nuestra existencia.
¿Cuántas veces hemos dejado de visitar a alguien que nos necesitaba? ¿Cuántas veces hemos aplazado un abrazo, una conversación o una palabra cariñosa? ¿Cuántas oportunidades de hacer el bien hemos perdido por pensar que ya habría otro momento?
Lo curioso es que, cuando nos damos cuenta, quizá esa persona ya no esté, aquella oportunidad haya desaparecido o el tiempo perdido no pueda recuperarse.

La parábola nos habla también de un hombre que entra en la fiesta sin el vestido adecuado. Más allá de su significado religioso, podemos entenderlo como una llamada a la coherencia. No basta con estar presentes; también importa cómo nos comportamos.
De poco sirve hablar de amor si tratamos mal a los demás. No basta con presumir de bondad si damos la espalda a quien necesita nuestra ayuda. Y tampoco tiene mucho sentido defender grandes valores si después nuestras acciones dicen justamente lo contrario.

Esto vale para quienes creen en Dios y para quienes no creen. Porque la bondad, el respeto, la generosidad y la compasión no deberían tener dueño ni depender de las creencias de cada persona. Son valores que nos ayudan a vivir juntos y que hacen que nuestro paso por el mundo merezca la pena.
Cada uno puede encontrar el sentido de su vida de una manera diferente. Lo importante es que no olvidemos que nuestras decisiones afectan a los demás y que siempre estamos a tiempo de corregir nuestros errores, pedir perdón y comenzar de nuevo.

Y es que nadie debería sentirse excluido de la fiesta de la vida. Todos merecemos una oportunidad para mejorar, para aprender y para ser mejores personas. Pero también todos tenemos una responsabilidad: procurar que los demás encuentren a nuestro lado un motivo para sonreír y una razón para seguir confiando en las personas.
Porque la verdadera grandeza no consiste en haber recibido una invitación, sino en saber responder a ella. Y hoy, creyentes o no creyentes, quizá deberíamos hacernos una pregunta muy sencilla: ¿estamos tan ocupados con nuestras cosas que nos estamos perdiendo lo mejor de la vida?

Feliz velada de domingo que, por aquí, sigue siendo casi veraniego, aunque hay alternativas en los cielos, sucediéndose los claros con las nubes…pero de agua, ¡nada! Y mañana empezamos semana, pero con un día festivo, el de la Virgen del Pilar y de la Hispanidad, así es que un día mas de descanso.

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