CARTAS A DULCINEA
Viernes, 30 de Octubre de 2026

Querida Dulcinea:
Hay una frase que me ha hecho pensar mucho: «La cobardía no es el camino hacia la libertad». Parece una frase sencilla, de esas que se entienden a la primera, pero encierra una gran verdad. Porque, si lo pensamos un poco, nos daremos cuenta de que muchas veces no somos tan libres como creemos. Y no lo somos porque dejamos que nuestros miedos decidan por nosotros.
Todos tenemos miedo alguna vez. Miedo a equivocarnos, a hacer el ridículo, a perder algo que queremos o a que los demás hablen mal de nosotros. Eso es normal. Somos personas y tenemos nuestras debilidades. El problema no está en sentir miedo, sino en permitir que ese miedo nos impida hacer aquello que creemos que debemos hacer.
A veces, la cobardía no se presenta de una manera clara. No hace falta que nos escondamos ante un gran peligro para demostrarla. Muchas veces aparece en las pequeñas cosas de cada día. Cuando nos callamos una verdad por miedo a molestar a alguien. Cuando vemos una injusticia y preferimos mirar hacia otro lado para no meternos en problemas. O cuando dejamos de luchar por algo que deseamos porque pensamos que no lo vamos a conseguir.
Al principio, estas decisiones pueden parecernos poca cosa. Nos decimos que no merece la pena complicarse la vida, que es mejor quedarse tranquilos o que ya habrá otra ocasión. Pero, poco a poco, vamos renunciando a demasiadas cosas. Y llega un momento en que, sin darnos cuenta, vivimos más pendientes de nuestros temores que de nuestros propios deseos.
¿Y qué libertad es esa, si no nos atrevemos a decir lo que pensamos, a defender lo que consideramos justo o a tomar nuestras propias decisiones?
Ser libre no significa hacer siempre lo que nos apetece, ni actuar sin pensar en las consecuencias. La verdadera libertad consiste en poder vivir de acuerdo con nuestras ideas, nuestros valores y nuestra conciencia, sin estar constantemente sometidos al miedo o a la opinión de los demás.
Y aquí aparece otro de nuestros grandes problemas: el miedo al qué dirán. ¡Cuántas veces dejamos de hacer algo por temor a las críticas! Parece que necesitamos que todo el mundo esté de acuerdo con nosotros, que nos aprueben y que nadie tenga nada que reprocharnos. Pero eso es imposible. Siempre habrá alguien que piense de otra manera, que nos critique o que no comprenda nuestras decisiones.
Si vivimos intentando agradar a todo el mundo, terminaremos olvidándonos de nosotros mismos. Y no hay mayor esclavitud que necesitar continuamente la aprobación de los demás para sentirnos seguros.
Claro que ser valiente no significa no tener miedo. Ni tampoco lanzarse a hacer las cosas sin medir sus consecuencias. La valentía consiste, muchas veces, en sentir miedo y, a pesar de ello, hacer lo que creemos que es correcto. Es reconocer un error y pedir perdón. Es defender a alguien que está siendo tratado injustamente. Es decir la verdad cuando sería más cómodo mentir. O dar ese paso que llevamos tanto tiempo aplazando.
Son gestos que quizá nadie aplauda, pero que nos ayudan a vivir con la conciencia tranquila y la cabeza bien alta. Por eso pienso que la libertad no se consigue de golpe ni se alcanza de una vez para siempre. Se construye cada día, con nuestras decisiones y con nuestra manera de afrontar la vida. No siempre podremos vencer nuestros miedos, pero sí podemos intentar que no sean ellos quienes manden en nosotros. Porque, cuando dejamos de hacer lo que consideramos justo por temor a las consecuencias, algo de nuestra libertad se queda por el camino.
Y termino con una reflexión que me parece importante: no se trata de vivir sin miedo, sino de no permitir que el miedo nos impida vivir. Porque la vida es demasiado corta para pasarla escondidos detrás de nuestras dudas, esperando que llegue un día en que todo nos parezca fácil. A veces, para ser un poco más libres, solo necesitamos reunir el valor suficiente para dar el primer paso.
Pero ya se va terminando el mes… sólo nos queda mañana. Hoy, por contra al de ayer, la mañana ha amanecido con muchas nubes, pero con color. Unas nubes que, a media mañana dejaban los cielos con una capa casi uniforme de nubes no demasiado espesas que dejaban atravesar algunos rayos de sol y nos dejaban ese precioso «halo solar» que vemos sobre las palmeras de Calahonda, y que es un fenómeno óptico de la naturaleza que se produce cuando aparece un círculo luminoso alrededor del Sol. Es como un anillo brillante que rodea nuestra estrella y que, en ocasiones, presenta los colores del arcoíris. Se produce cuando la luz del Sol atraviesa diminutos cristales de hielo presentes en nubes muy altas, llamadas cirros y cirrostratos. Estos cristales desvían la luz y pueden formar un anillo luminoso que suele tener unos 22 grados de radio. Esto significa que el círculo aparece a una distancia angular considerable del Sol, no pegado a él. A veces se distinguen tonos rojizos en la parte interior del anillo y azulados en la exterior, aunque muchas veces el halo parece casi blanco. Feliz, aunque aún triste por la tragedia muy reciente del choque de trenes, velada de viernes.


