Estar cayendo «mijillas»… cuando la lluvia se vuelve poesía popular.

CARTAS A DULCINEA
Viernes, 29 de mayo de 2026

En los pueblos, donde el tiempo parece transcurrir a otro ritmo, las expresiones populares son como ventanas que abren a un mundo lleno de imaginación y sabiduría cotidiana. Una de esas frases que escuchaba de niño, y que siempre me hizo sonreír, era “estar cayendo mijillas”. No se refería a nada grandioso ni místico, sino a algo tan simple y vital como la lluvia menuda, esa que cae suave y persistente, mojando la tierra sin estruendos. Pero en su sencillez, la expresión encerraba una poesía peculiar, una manera de nombrar lo cotidiano que transformaba lo ordinario en algo cercano y casi mágico.

“Mijillas”, una palabra que parece salida de un cuento, evoca algo pequeño, casi diminuto, como granos de algo que se desprenden del cielo. No es la lluvia torrencial que arrasa, ni el chaparrón repentino que empapa en segundos. Es esa llovizna fina, casi tímida, que se siente en la piel como un susurro y que, sin embargo, tiene el poder de calar hasta los huesos si te descuidas. En el campo, esta lluvia era bienvenida, porque empapaba la tierra lentamente, sin erosionarla, preparándola para la siembra. Era una lluvia de paciencia, como la vida misma en aquellos lugares.

Pero más allá de su significado literal, la expresión “estar cayendo mijillas” tenía un tono coloquial, casi afectivo. Era una forma de hablar que reflejaba la relación íntima entre las personas y su entorno. No se decía “está lloviendo”, sino que se le daba un nombre propio, como si la lluvia fuera un vecino más del pueblo. Y, en cierto modo, lo era. La lluvia marcaba los ritmos del trabajo, de las cosechas, de las reuniones en la plaza. Era parte de la vida, y nombrarla así era una manera de hacerla propia.

Hoy, cuando escucho esa expresión, me transporta a aquellos días en los que el mundo parecía más pequeño y cercano. Me recuerda que el lenguaje no solo sirve para comunicar, sino también para crear vínculos con lo que nos rodea. “Estar cayendo mijillas” no es solo una forma de describir la lluvia; es una manera de habitarla, de sentirla, de convertirla en algo familiar. Y en ese gesto aparentemente simple, hay toda una filosofía de vida: la de encontrar belleza y significado en lo pequeño, en lo cotidiano, en lo que cae del cielo sin hacer ruido pero dejando huella.

Y precisamente hoy no estaban cayendo «mijillas» en nuestra costa, como se puede ver en la primera de mis fotos de hoy que tomaba esta mañana en Motril, ante el Cerro de la Virgen. Recordando que tenia otra foto de este mismo lugar en mi primera visita a Motril, siendo estudiante universitario, con mis compañeros de promoción, he querido dejarla como recuerdo de ese mismo espacio, pero hace 56 años, en 1970, rodeado de buenos amigos… yo soy el que está mas a la derecha en la foto… ¡aquellos inolvidables 19 años sobre mis actuales 75!. Feliz velada de viernes.

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