CARTAS A DULCINEA
Lunes, 10 de agosto

En un mundo cada vez más diverso y conectado, la intolerancia se presenta como uno de los antivalores más destructivos y silenciosos de nuestra época. No siempre grita ni levanta la mano; muchas veces se disfraza de opinión firme, de “defensa de lo propio” o de simple incomodidad ante lo diferente. Es esa actitud que rechaza, excluye y condena sin dar espacio al diálogo ni al respeto.
La intolerancia nace del miedo. Miedo a perder identidad, a que las ideas propias sean cuestionadas, a convivir con formas de pensar, creer o vivir que no coinciden con las nuestras. Cuando se deja crecer, se transforma en muro: separa familias, divide sociedades, enciende conflictos y justifica incluso la violencia. Desde las redes sociales, donde el “cancelar” se ha vuelto deporte diario, hasta los extremismos políticos y religiosos que niegan la humanidad del otro, la intolerancia actúa como un veneno lento que corroe la convivencia.
Lo más peligroso es que parece justificable. “Solo defiendo mis valores”, se dice. Pero detrás de esa frase suele esconderse la negativa rotunda a reconocer que el otro también tiene derecho a existir y a discrepar. La intolerancia no debate: descalifica. No escucha: sentencia. Y en ese gesto, quien la ejerce se cierra a sí mismo, se empobrece, pierde la oportunidad de crecer, de aprender y de descubrir que la diferencia no siempre es amenaza, sino riqueza.
Sus consecuencias son devastadoras. Sociedades intolerantes generan exclusión, discriminación y, en los casos más graves, persecución y guerra. A nivel personal, quien vive atrapado en la intolerancia carga con un corazón amargado, lleno de rencor y de juicios constantes que terminan aislándolo. Pierde amigos, oportunidades y, sobre todo, pierde la capacidad de ver la belleza que surge precisamente de la pluralidad humana.
Frente a ella, la tolerancia no es debilidad ni indiferencia. Es una virtud valiente: la decisión consciente de respetar al que piensa distinto, de proteger los derechos de quien no comparte nuestras creencias y de construir puentes aunque cueste esfuerzo. Cultivar tolerancia requiere humildad, empatía y madurez emocional. Significa aceptar que no poseemos la verdad absoluta y que el mundo es más grande que nuestras propias convicciones.
Combatir la intolerancia empieza en lo pequeño: en la conversación familiar donde se permite disentir sin enfado, en el comentario en redes que elegimos no escribir, en la mirada compasiva hacia quien vive de forma diferente. Cada gesto de apertura es un antídoto. Porque una sociedad que aprende a tolerar no solo sobrevive, sino que florece en creatividad, justicia y paz verdadera.
Al final, la intolerancia nos hace más pequeños; la tolerancia nos hace más humanos. Elegir entre una y otra no es solo una cuestión moral: es decidir qué tipo de mundo queremos dejar a quienes vienen después. Que nuestra herencia no sea muros, sino caminos abiertos.
Y el problema es que la intolerancia en nuestro pequeño mundo está aumentando dia a dia de forma exponencial, contribuyendo el gobierno sectario y sucio a que eso suba y suba, porque asi creen que la sociedad es mas fácil de manipular, porque la convierten en una sociedad dividida. Feliz velada del dia, en teoría, mas cálido del año, del dia de San Lorenzo.


