CARTAS A DULCINEA
Sábado, 17 de Octubre de 2026

La libertad es una de las cosas más importantes que tiene una persona. Muchas veces no pensamos en ella porque estamos acostumbrados a tenerla. Podemos salir de casa, hablar con nuestros amigos, elegir dónde vivir, qué estudiar, en qué trabajar, qué pensar o qué decir. Parece algo normal, pero no siempre ha sido así. Y tampoco podemos dar por seguro que siempre será así.
Sin libertad, una persona puede seguir viviendo, trabajando y haciendo muchas cosas, pero le falta algo fundamental: la posibilidad de decidir sobre su propia vida. Cuando otros deciden por nosotros lo que debemos pensar, decir o hacer, nuestra vida deja de pertenecernos por completo. Podemos tener muchas cosas materiales y, sin embargo, sentirnos pobres por dentro.
La libertad no significa hacer todo lo que nos apetezca. Ser libre también significa aceptar que los demás tienen los mismos derechos que nosotros. Mi libertad termina donde empieza el daño a otra persona. Por eso, vivir en libertad exige responsabilidad, respeto y sentido común.
Una sociedad libre permite que las personas tengan diferentes ideas, diferentes formas de pensar y diferentes maneras de entender la vida. No todos tenemos que estar de acuerdo. Precisamente ahí está una de las grandes riquezas de la libertad: poder pensar de manera diferente sin convertir al que piensa distinto en un enemigo.
Cuando se pierde la libertad, lo primero que suele desaparecer es la capacidad de hablar sin miedo. Después puede desaparecer la capacidad de protestar, de preguntar, de criticar o de decir que algo está mal. Poco a poco, las personas pueden acostumbrarse a callar. Y cuando una sociedad aprende a callar por miedo, empieza a perder también su futuro.
Porque el futuro se construye con personas capaces de pensar, preguntar, imaginar y buscar soluciones. Si solamente se permite una forma de pensar, una sola opinión o una única manera de hacer las cosas, la sociedad se vuelve más pobre. Sin libertad, las nuevas ideas tienen dificultades para aparecer y los errores pueden mantenerse durante mucho tiempo porque nadie se atreve a señalarlos.
Por eso la libertad tiene mucho que ver con el futuro de nuestros hijos y de nuestros nietos. Lo que hoy defendamos o dejemos perder será parte del mundo que ellos recibirán mañana. No basta con decir que somos libres. También debemos cuidar esa libertad, respetarla y transmitirla.
Cuidar la libertad significa defender el derecho de los demás, incluso cuando sus ideas no nos gustan. Significa aceptar las críticas sin responder con odio. Significa poder cambiar de opinión cuando descubrimos que estábamos equivocados. Y significa comprender que ninguna persona, ningún partido, ningún gobierno y ninguna institución debería considerarse dueño de la verdad absoluta.
También debemos recordar que la libertad puede perderse poco a poco. No siempre desaparece de repente. A veces comienza cuando dejamos de preocuparnos por lo que ocurre a los demás. Otras veces, cuando aceptamos pequeñas injusticias porque pensamos que no nos afectan. Y puede avanzar cuando preferimos la comodidad de callar antes que la responsabilidad de defender aquello que consideramos justo.
Por eso la libertad necesita ciudadanos despiertos, personas que no tengan miedo de pensar y que sepan distinguir entre la verdad y la mentira. Una sociedad libre no es una sociedad perfecta. Habrá problemas, discusiones, errores e injusticias. Pero tiene algo muy valioso: la posibilidad de corregirse.nY esa posibilidad es precisamente la que abre la puerta al futuro.
Cuando somos libres podemos imaginar un mundo diferente y trabajar para conseguirlo. Podemos enseñar a nuestros hijos a pensar por sí mismos, podemos reconocer nuestros errores y podemos buscar caminos nuevos. La libertad nos permite decir: «Esto no está bien; podemos hacerlo mejor».
Sin libertad, en cambio, el futuro se convierte en algo decidido por otros. Dejamos de ser protagonistas de nuestra propia historia y pasamos a ser simples espectadores.
Por eso debemos cuidar la libertad todos los días, no solamente cuando sentimos que está en peligro. Debemos cuidarla en casa, en la escuela, en el trabajo, en la calle y también cuando hablamos con quien piensa de manera diferente.
La libertad no es un regalo que recibimos para siempre. Es una responsabilidad que cada generación debe cuidar y entregar a la siguiente.
Porque donde existe libertad, existe la posibilidad de cambiar las cosas. Existe la posibilidad de aprender, de equivocarse, de rectificar y de empezar de nuevo. Existe, en definitiva, la posibilidad de construir un mañana diferente.
Y por eso, cuando decimos «sin libertad no hay futuro», no estamos hablando solamente de una frase bonita. Estamos recordando una verdad muy sencilla: si queremos que nuestros hijos y nuestros nietos puedan decidir su propio camino, debemos conservar hoy la libertad que queremos que ellos disfruten mañana.
Feliz velada de sábado, con estas dos fotos que tengo preparadas para hoy, ahora que dicen que ya si viene el otoño…¿será verdad? ¡ya hay mucha gente que no creemos demasiado en los meteorólogos!


