CARTAS A DULCINEA
Domingo, 18 de Octubre de 2026

Querida Dulcinea:
Hay preguntas que parecen sencillas, pero que esconden una trampa. Y hay respuestas que, aunque tengan muchos años, siguen ayudándonos a entender mejor la vida.
En el Evangelio de hoy, unos hombres se acercan a Jesús y le hacen una pregunta: «¿Es lícito pagar impuestos al César o no?». En realidad, no quieren conocer su opinión. Lo que pretenden es ponerlo en un aprieto. Si responde que sí, podrán acusarlo de estar de parte de los romanos. Y si responde que no, podrán decir que está en contra de las autoridades. Quieren atraparlo con sus propias palabras.
Pero Jesús no cae en la trampa. Les pide una moneda y les pregunta de quién son la imagen y el nombre que aparecen en ella. Ellos contestan que del César. Entonces Jesús les dice una frase que ha llegado hasta nuestros días: «Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios».
Dicho de una manera sencilla, Jesús nos recuerda que cada cosa tiene su lugar y que debemos cumplir con nuestras obligaciones. Tenemos deberes como ciudadanos, como trabajadores, como padres, como hijos y como miembros de una sociedad. Debemos respetar las normas justas, pagar lo que nos corresponde y procurar que nuestra convivencia con los demás sea lo mejor posible.
Pero la enseñanza va mucho más allá de los impuestos y las obligaciones. Porque podemos cumplir con todas las normas y, sin embargo, olvidarnos de lo más importante: cómo tratamos a las personas que tenemos a nuestro alrededor.
Podemos ser muy correctos en nuestro trabajo y, al mismo tiempo, tratar mal a nuestra familia. Podemos exigir justicia y no ser justos con los demás. Podemos hablar de solidaridad y pasar de largo cuando alguien necesita nuestra ayuda. Podemos pedir sinceridad y después utilizar una mentira cuando nos conviene.
Por eso, estas palabras nos invitan a mirar dentro de nosotros mismos y a preguntarnos si nuestra manera de vivir está de acuerdo con lo que decimos creer.
Y aquí quiero detenerme en algo que me parece especialmente hermoso. La moneda llevaba la imagen del César, pero las personas llevamos algo mucho más valioso: nuestra dignidad. Cada ser humano merece respeto, sea rico o pobre, tenga estudios o no los tenga, piense como nosotros o tenga ideas diferentes.
Nadie debería ser despreciado por su origen, por su situación económica o por su manera de entender la vida. Todos necesitamos que nos escuchen, que nos comprendan y que nos traten con cariño. Y todos tenemos la obligación de ofrecer a los demás el mismo respeto que pedimos para nosotros.
Jesús también nos enseña a desconfiar de las apariencias. Aquellos hombres se acercaron a él con palabras amables, pero sus intenciones eran muy distintas. Y eso sigue ocurriendo hoy. No basta con hablar de bondad, de justicia o de amor. Lo importante es demostrarlo con nuestros hechos.
Y es que quizá no todos entendamos de la misma manera las palabras de este Evangelio. Habrá quien las viva desde su fe y quien las interprete desde sus propios valores. Pero creo que todos podemos encontrar en ellas una invitación a ser mejores personas.
Cumplamos nuestras obligaciones, respetemos a los demás, seamos honrados y no olvidemos a quienes necesitan una mano amiga. Y, sobre todo, procuremos que nuestras palabras y nuestras acciones vayan por el mismo camino.
Al final, lo que de verdad nos define no es lo que decimos, sino lo que hacemos cada día.
Y termino con una pregunta que me gustaría que nos acompañara durante un rato: si nuestras acciones fueran una moneda y los demás pudieran mirarlas, ¿qué imagen encontrarían en ellas?
Feliz velada de domingo con estas dos fotos que hoy expresan la llegada de la lluvia, ¡esperemos que se quede!.. ¡que nos vayamos haciendo el cuerpo para la Navidad que ya casi está detrás de la puerta!


