«No por hacer más, vivimos mejor»

CARTAS A DULCINEA
Lunes, 26 de Octubre de 2026
(Anti valor: la Ineficacia. Hacer mal las cosas)

Querida Dulcinea:

Hay días en los que llegamos a la noche cansados, con la sensación de haber trabajado mucho y de no haber parado ni un solo momento. Hemos hecho un montón de cosas, hemos ido de un sitio a otro, hemos atendido a unas personas y a otras, y, sin embargo, cuando nos sentamos a descansar, nos damos cuenta de que apenas hemos conseguido lo que nos habíamos propuesto.
¿Te ha pasado alguna vez? A mí me parece que esto nos ocurre a todos en algún momento de nuestra vida. Y es que, aunque parezca mentira, estar muy ocupado no significa necesariamente estar haciendo las cosas bien. A veces nos esforzamos mucho, pero no avanzamos lo suficiente. Damos vueltas y más vueltas, como quien camina sin saber adónde va, y terminamos agotados sin haber llegado a ninguna parte.
Lo curioso es que muchas veces pensamos que una persona que no consigue buenos resultados es porque trabaja poco o porque no se esfuerza lo suficiente. Pero no siempre es así. Hay personas que se dejan la piel en lo que hacen y, aun así, consiguen muy poco. No les faltan ganas ni voluntad. Lo que quizá les falta es detenerse un momento, pensar y descubrir si están dedicando sus fuerzas a lo que realmente importa.
Porque no se trata solamente de hacer bien las cosas, sino de saber elegir cuáles son las que merecen nuestro esfuerzo. Podemos pasarnos horas ocupados en asuntos sin importancia y dejar para mañana aquello que de verdad necesita nuestra atención. Y así, un día tras otro, vamos llenando las horas, pero no siempre llenamos nuestra vida de cosas que merezcan la pena.

A veces también nos complicamos demasiado. Buscamos soluciones difíciles para problemas que podrían resolverse de una manera sencilla. Nos empeñamos en hacer las cosas como siempre las hemos hecho, aunque ya no den buenos resultados. Y nos cuesta reconocer que quizá ha llegado el momento de cambiar.
También nos pasa que queremos atender a todo el mundo, ayudar a todos y estar disponibles para cualquier cosa que nos pidan. Nos cuesta decir que no, porque no queremos decepcionar a nadie. Pero nuestras fuerzas tienen un límite, y nuestro tiempo también. Si intentamos llegar a todas partes, corremos el riesgo de no llegar bien a ninguna.
Y no creas que esto ocurre solamente en el trabajo. También nos sucede en nuestra vida personal, en nuestras relaciones y hasta en la manera de querer a los demás.
A veces gastamos demasiadas energías en discutir, en demostrar que tenemos razón o en conseguir que los demás piensen como nosotros. Nos empeñamos tanto en ganar una discusión que no nos damos cuenta de que estamos perdiendo algo mucho más importante: la tranquilidad, el cariño o la confianza de una persona querida.

Y yo me pregunto… ¿de qué nos sirve ganar una discusión si, al final, conseguimos que alguien se aleje de nosotros? ¿Qué hemos ganado realmente si, por defender nuestro orgullo, hemos hecho daño a una persona que nos importa?

Hay batallas que no merece la pena librar y discusiones que es mejor dejar pasar. No porque nos falten razones, sino porque hay cosas mucho más importantes que tener razón. A veces, una palabra amable consigue más que cien argumentos, y un silencio a tiempo puede evitar un disgusto que después cuesta mucho reparar.
También debemos aprender a no esperar siempre al momento perfecto para hacer las cosas. Hay personas que piensan tanto, dudan tanto y preparan tanto lo que van a hacer que, cuando quieren darse cuenta, ha pasado el tiempo y siguen en el mismo sitio. Naturalmente, hay que pensar antes de actuar, pero tampoco podemos pasarnos la vida esperando unas condiciones ideales que quizá nunca lleguen.
Lo mejor, muchas veces, es dar el primer paso, equivocarnos si es necesario y aprender por el camino. Nadie nace sabiendo hacerlo todo. Lo importante no es no cometer errores, sino tener la humildad de reconocerlos y la voluntad de corregirlos.

Pero hay algo que me parece todavía más importante. Ser eficaces no significa vivir con prisas, llenar cada minuto de obligaciones ni convertir nuestra existencia en una carrera sin descanso. No hemos venido al mundo solamente a trabajar, resolver problemas y cumplir tareas. También hemos venido a disfrutar de las pequeñas cosas, a querer y dejarnos querer, a conversar sin mirar el reloj y a compartir nuestro tiempo con las personas que hacen más agradable nuestra vida. Por eso, de vez en cuando, creo que deberíamos detenernos y hacernos una pregunta muy sencilla: ¿estoy dedicando mi tiempo a lo que de verdad importa?

Quizá descubramos que nos preocupamos demasiado por cosas que mañana habremos olvidado. O que dedicamos muchas horas a ganar dinero y muy pocas a disfrutar de lo que conseguimos con él. Tal vez nos demos cuenta de que siempre encontramos tiempo para nuestras obligaciones, pero vamos dejando para otro día una visita, una llamada o una conversación con alguien que nos necesita.
Y es una pena, porque el tiempo tiene una característica que lo hace muy diferente de casi todo lo demás: una vez que pasa, no vuelve. Podemos perder dinero y recuperarlo, podemos romper algo y comprar otra cosa, pero no podemos regresar al día de ayer para abrazar a quien ya no está, decir las palabras que nos callamos o disfrutar de aquel momento que dejamos pasar.

Por eso cada vez estoy más convencido de que vivir bien no consiste en hacer muchas cosas, sino en saber elegir las que realmente merecen la pena.
No se trata de correr más, sino de caminar en la dirección correcta. No se trata de terminar cada día agotados, sino de poder mirar hacia atrás y sentir que hemos aprovechado nuestro tiempo en algo que tiene sentido. Y no se trata de querer llegar a todas partes, sino de estar de verdad allí donde nuestra presencia sea importante.
La vida ya nos trae suficientes preocupaciones como para que nosotros mismos nos la compliquemos más de lo necesario. Aprendamos a distinguir lo urgente de lo importante, a dejar para mañana aquello que puede esperar y a dedicar nuestras mejores fuerzas a lo que merece nuestro cariño y nuestra atención.

Y, sobre todo, no olvidemos que también es necesario descansar, disfrutar y permitirnos, de vez en cuando, no hacer absolutamente nada. Porque sentarse tranquilamente a contemplar el mar, escuchar a una persona querida o disfrutar de una tarde sin obligaciones no es perder el tiempo. Muchas veces, es precisamente entonces cuando más sentido tiene la vida.

Así que cuando algún día sientas que has hecho mil cosas y que no has conseguido nada, no te castigues ni pienses que has fracasado. Detente un momento, respira y mira con calma lo que estás haciendo. Quizá no necesites esforzarte más, sino elegir mejor. Porque, al final, la verdadera sabiduría no consiste en llenar todas las horas de nuestra vida, sino en procurar que las horas que vivimos estén llenas de cosas que merezcan la pena.
Y recuerda siempre algo que, con los años, voy comprendiendo cada vez mejor: no es más rico quien más hace, ni más feliz quien más consigue, sino quien aprende a dar valor a lo verdaderamente importante.

Y hoy un nuevo lunes de cielos azules como se ve en mis fotos, temperaturas mas otoñales pero el cielo no presenta indicios de que puedan llegar lluvias…¡que ya van haciendo falta! Feliz tarde y velada de lunes, el que pone comienzo a la última semana de octubre.

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