CARTAS A DULCINEA
Domingo, 25 de Octubre de 2026

Querida Dulcinea:
A veces, la vida nos lleva tan deprisa que nos olvidamos de lo verdaderamente importante. Tenemos tantas cosas en la cabeza, tantas preocupaciones y tantas obligaciones, que apenas nos queda tiempo para detenernos un momento y pensar en lo que de verdad merece la pena.
Nos preocupamos por el dinero, por la salud, por el trabajo, por la familia y por tantas otras cosas que forman parte de nuestro día a día. Y, mientras intentamos llegar a todo, podemos olvidarnos de algo que no cuesta dinero, que está al alcance de cualquiera y que, sin embargo, puede cambiar nuestra vida y la de quienes nos rodean: el amor.
En el Evangelio de hoy domingo hay una pregunta que alguien le hace a Jesús: ¿cuál es el mandamiento más importante? Y su respuesta es muy sencilla. Habla de amar a Dios con todo el corazón y añade algo que no podemos separar de ese amor: amar a los demás como nos amamos a nosotros mismos.
Quizá alguno de mis lectores no crea en Dios, y me parece muy bien que cada persona tenga sus propias ideas y creencias. Pero estoy seguro de que todos podemos entender el valor de estas palabras. Porque, creamos o no, todos necesitamos cariño, comprensión, respeto y alguien que nos tienda una mano cuando las cosas se ponen difíciles.
Amar no consiste solamente en decir palabras bonitas. Tampoco basta con hablar de bondad, de justicia o de solidaridad. El amor verdadero se demuestra con los hechos, en las pequeñas cosas de cada día, en la forma en que tratamos a quienes tenemos cerca y en nuestra manera de comportarnos con quienes más necesitan nuestra ayuda.
Se demuestra cuando escuchamos a una persona que necesita desahogarse, cuando acompañamos a quien se siente solo, cuando ayudamos sin esperar nada a cambio o cuando somos capaces de ofrecer una palabra amable a alguien que está pasando por un mal momento.
También se demuestra cuando respetamos a quienes piensan de manera diferente a nosotros. Es muy fácil llevarnos bien con quienes comparten nuestras ideas, pero la verdadera prueba de nuestra bondad aparece cuando alguien nos lleva la contraria, nos molesta o no ve las cosas como nosotros.
No siempre es fácil. Todos tenemos nuestro carácter, nuestros defectos y nuestras pequeñas manías. A veces nos enfadamos por cosas que no tienen tanta importancia, decimos palabras que hacen daño o nos cuesta reconocer que nos hemos equivocado. Somos humanos y nadie está libre de cometer errores.
Por eso, saber pedir perdón es una de las mejores muestras de amor. También lo es saber perdonar, aunque no siempre resulte sencillo. No significa que debamos aceptar cualquier comportamiento ni permitir que nos hagan daño, sino aprender a no vivir llenos de rencor y procurar que los enfados no terminen ocupando todo nuestro corazón.
Y hay otra cosa que tampoco deberíamos olvidar: nosotros mismos también necesitamos cariño y comprensión. A veces somos demasiado duros con nuestros propios errores y nos cuesta aceptar que no podemos hacerlo todo bien. Pero debemos aprender a tratarnos con el mismo respeto y la misma paciencia que intentamos ofrecer a los demás. Reconocer nuestros fallos es bueno, siempre que no olvidemos que también tenemos cualidades y que siempre podemos mejorar.
Si lo pensamos bien, muchas de las cosas que nos hacen felices tienen muy poco que ver con el dinero o con las posesiones. Un abrazo sincero, una conversación agradable, una visita inesperada o una llamada de alguien que se acuerda de nosotros pueden alegrarnos el día. Y lo más bonito es que nosotros también podemos regalar esos pequeños momentos a los demás.
Por eso creo que, en ocasiones, nos complicamos demasiado la vida buscando grandes razones para ser felices o para sentirnos orgullosos de nosotros mismos. Quizá deberíamos empezar por algo mucho más sencillo: procurar que las personas que se cruzan en nuestro camino se sientan un poco mejor después de habernos encontrado.
No importa que seamos ricos o pobres, jóvenes o mayores, creyentes o no creyentes. Todos podemos hacer algo bueno por alguien. Todos podemos escuchar, acompañar, comprender y ofrecer una mano amiga. Y todos tenemos la posibilidad de hacer que nuestro pequeño rincón del mundo sea un lugar más humano.
Al final, cuando pasan los años, lo que de verdad deja huella no es el dinero que hemos tenido, las cosas que hemos comprado ni la importancia que hayamos podido alcanzar. Lo que permanece en el recuerdo de los demás es, sobre todo, cómo los hemos tratado, cuánto los hemos querido y qué hemos hecho por ellos cuando nos han necesitado.
Por eso, si tuviera que resumir en pocas palabras lo que considero más importante en la vida, no necesitaría un discurso largo ni grandes explicaciones. Me bastarían dos palabras que todos podemos entender y que nunca deberíamos olvidar: amar y amar.
Porque, al final, quizá la mejor manera de saber si hemos vivido bien no sea preguntarnos cuántas cosas hemos conseguido, sino cuánto bien hemos hecho y cuánto amor hemos dejado a nuestro paso.
Y estoy convencido de que, cuando llegue el momento de mirar hacia atrás, ese será uno de los recuerdos que más paz nos proporcionará: saber que, con nuestros aciertos y nuestros errores, intentamos hacer la vida un poco más fácil y más bonita a quienes caminaron a nuestro lado.
Feliz tarde y velada del último domingo de octubre, un domingo al que han vuelto los cielos inmaculadamente azules, como los que muestran mis dos fotos… ¡pero afortunadamente las temperaturas siguen mas fresquitas!,… sobre todo por la noche y ya no creo que vuelva el calor.


