“Las maletas del antaño y los caminos del hogaño”

CARTAS A DULCINEA

Querida Dulcinea:

Hay palabras que parecen viejas monedas guardadas en el fondo de un cajón. Apenas las usamos, casi no las escuchamos, pero cuando vuelven a nuestros oídos brillan con una luz especial. Eso ocurre con «hogaño» y «antaño». Son dos palabras antiguas que hablan del tiempo, pero también de la vida.

Antaño es el ayer. Es el tiempo de los recuerdos. Es la infancia que se fue, los rostros que ya no vemos, las voces que todavía resuenan en nuestra memoria. Hogaño es el hoy. Es este instante que vivimos, el momento presente que muchas veces se nos escapa entre las manos sin darnos cuenta. Y qué curioso es el corazón humano. Vive en el hogaño, pero viaja constantemente al antaño.
A veces basta el aroma de un guiso para regresar a la cocina de nuestra abuela. O el sonido de una campana para volver a la escuela de aquellos años. O una fotografía amarillenta para encontrarnos, de repente, con aquel niño que fuimos y que sigue viviendo en algún rincón de nosotros.

Los de nuestra generación guardamos un antaño lleno de imágenes sencillas. Recordamos las calles sin apenas coches, los juegos improvisados en cualquier esquina, las tardes interminables de verano y las conversaciones que parecían no tener prisa. Recordamos cuando las noticias viajaban despacio y las cartas eran pequeñas ventanas abiertas a la ilusión.
Muchos de nosotros crecimos viendo a nuestros padres trabajar de sol a sol. No tenían mucho, pero hacían auténticos milagros con lo poco que había. En aquellas casas humildes nunca sobraba nada, pero casi siempre había un plato para quien llegara y un hueco para compartir la mesa.
Todavía puedo imaginar aquellas cocinas donde hervía el puchero mientras la familia hablaba alrededor de la mesa. No había pantallas que interrumpieran las conversaciones. Los ojos se miraban directamente. Las risas eran de verdad. Los silencios también.

Sin embargo, el antaño no fue un paraíso perfecto. Hubo dificultades, escasez, enfermedades y muchas preocupaciones. Nuestros mayores conocieron tiempos duros y supieron afrontarlos con una fortaleza admirable. Por eso merecen nuestro respeto y nuestra gratitud.
Y luego está el hogaño. Este tiempo nuestro que avanza a una velocidad que a veces nos deja sin aliento. Hoy podemos hablar con familiares que viven lejos, acceder a conocimientos que antes parecían inalcanzables y disfrutar de comodidades que nuestros abuelos ni siquiera imaginaron.

Pero quizá, el verdadero reto no sea elegir entre el hogaño y el antaño. La verdadera riqueza está en unirlos. Necesitamos la tecnología del presente, pero también la humanidad del pasado. Necesitamos los avances de hoy, pero sin perder la cercanía de ayer. Necesitamos caminar hacia adelante sin arrancar las raíces que nos sostienen. Porque un árbol sin raíces termina cayendo, y una persona que olvida de dónde viene corre el riesgo de no saber adónde va. Por eso me gusta visitar de vez en cuando el antaño. No para quedarme a vivir en él, sino para recordar a quienes me enseñaron a caminar, para agradecer lo recibido y para comprender mejor el camino recorrido.

Después regreso al hogaño, a este presente que sigue regalándome amaneceres, encuentros, afectos y nuevas oportunidades para aprender. Y entonces comprendo que la vida es precisamente eso: una hermosa conversación entre el antaño que nos construyó y el hogaño que todavía estamos escribiendo. Con una mano acariciamos los recuerdos y con la otra seguimos abriendo las puertas del mañana.

Y termino con estrofas del titulo de mis fotos de hoy, de la canción de Mocedades… «Nuevas raíces una fuerte fe, nuevas esperanzas ver una espiga crecer…» de la canción «Más allá», basada en la obra de Anton Dvořák , «Sinfonía del Nuevo Mundo», un hermoso canto a la esperanza, la renovación y el optimismo ante el futuro. Feliz velada de sábado.

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