CARTAS A DULCINEA
Domingo, 13 de septiembre

Hay cárceles que no tienen muros, ni rejas, ni candados. Sin embargo, pueden ser las más difíciles de abandonar. Son las cárceles que construimos dentro de nosotros cuando guardamos rencor, cuando no olvidamos una ofensa o cuando pasamos años recordando una herida que alguien nos hizo.
La vida tiene algo curioso. Todos necesitamos comprensión, paciencia y una segunda oportunidad. Cuando cometemos un error, esperamos que los demás entiendan nuestras razones. Cuando nos equivocamos, deseamos que nos perdonen. Pero muchas veces, cuando es otro quien falla, somos mucho más duros de lo que nos gustaría que fueran con nosotros.
Nos cuesta reconocer que también hemos cometido errores, que también hemos necesitado ayuda y que, en más de una ocasión, alguien nos tendió la mano cuando no lo merecíamos del todo. Padres, amigos, parejas, compañeros o incluso desconocidos nos han perdonado alguna vez, nos han comprendido o nos han dado una nueva oportunidad para empezar de nuevo.
Sin embargo, hay personas que siguen encerradas en la cárcel de nuestro corazón. Quizás un familiar con quien dejamos de hablar. Un amigo que nos decepcionó. Un vecino con el que tuvimos un problema hace años. O alguien que dijo una palabra desafortunada y que todavía seguimos recordando.
Perdonar no significa decir que lo que ocurrió estuvo bien. Tampoco significa olvidar de golpe ni permitir que nos vuelvan a hacer daño. Perdonar es algo mucho más sencillo y, al mismo tiempo, más difícil: decidir que esa herida no va a seguir gobernando nuestra vida.
El rencor suele parecer un castigo para quien nos hizo daño, pero en realidad acaba convirtiéndose en una carga para quien lo guarda. Cada vez que recordamos una ofensa con amargura, volvemos a cargar una mochila que nos pesa solo a nosotros.
Por eso, una de las decisiones más liberadoras que puede tomar una persona es soltar. Soltar la rabia, el deseo de venganza y la necesidad de ajustar cuentas constantemente con los demás. No porque ellos siempre lo merezcan, sino porque nosotros merecemos vivir en paz.
Quizás hoy sea un buen momento para preguntarnos algo muy sencillo: ¿hay alguien encerrado en la cárcel de mi corazón? ¿Hay alguna vieja herida que sigo alimentando? ¿Hay alguna deuda emocional que llevo años intentando cobrar?
La respuesta no siempre será fácil. Pero quien aprende a perdonar descubre algo importante: la libertad no empieza cuando cambia la otra persona. La libertad empieza cuando cambiamos nosotros.
Porque, al final, todos necesitamos comprensión. Todos cometemos errores. Y todos, tarde o temprano, dependemos de la bondad de los demás para seguir adelante. Por eso, cuando somos capaces de ofrecer el perdón que un día nosotros también recibimos, la vida se vuelve un poco más ligera y el corazón encuentra, por fin, la puerta de salida de su propia prisión.
El perdón no es un sentimiento, es una decisión que brota del recuerdo agradecido de la misericordia recibida. Quien olvida cuánto se le ha perdonado, termina viviendo como acreedor perpetuo, encadenado a su propio resentimiento. Quien, en cambio, vive consciente de la gracia, se vuelve capaz de perdonar “setenta veces siete”, es decir, siempre.
La parábola, está tomada del evangelio de hoy domingo, pero modificada para que sirva a creyentes y no creyentes, y a todos creo yo que nos interpela directamente: ¿a quién tengo yo en la “cárcel” de mi corazón? ¿Qué deuda pequeña estoy cobrando con dureza mientras Dios me ha cancelado la inmensa? El Reino de los Cielos pertenece a los misericordiosos, porque solo ellos saben que han sido misericordiados primero… ¿esto vale para todos o sólo para los católicos?
Feliz velada de domingo de septiembre en otro dia radiante y de temperaturas veraniegas… pero con el aire acondicionado y saliendo poco, apenas se notan.


