«La pareja y la convivencia… saber leer y entender»

CARTAS A DULCINEA
Martes, 20 de Octubre de 2026

Querida Dulcinea:

He leído en las redes sociales una pequeña historia que me ha hecho sonreír. Una mujer le pregunta a su marido: —¿No te has dado cuenta de que llevo dos horas sin hablarte?
Y él le responde: —Sí, claro que me he dado cuenta. ¿Podrías regalarme otras dos horas?
Reconozco que la respuesta tiene su gracia, pero también me ha hecho pensar. Porque hay personas que creen que, cuando su pareja deja de hablar, se acaba el problema. ¡Ojalá fuera tan sencillo! A veces, detrás de ese silencio hay tristeza, enfado o una necesidad de cariño que no sabemos expresar.

En una pareja es normal que haya discusiones. Después de muchos años juntos, es imposible estar siempre de acuerdo en todo. Cada persona tiene su manera de pensar, sus costumbres y su forma de entender la vida. El problema no está en discutir, sino en cómo lo hacemos y, sobre todo, en cómo nos tratamos cuando estamos enfadados.
A veces discutimos por una tontería. Un plato sin recoger, una palabra que nos ha molestado o un pequeño olvido pueden provocar una tormenta. Pero, si nos paramos a pensar, descubrimos que muchas veces no estamos enfadados por el plato ni por el olvido. Lo que nos duele es sentir que no nos escuchan, que no nos tienen en cuenta o que no valoran lo que hacemos.

Y ahí está el verdadero problema. No siempre sabemos explicar lo que sentimos. Esperamos que la otra persona nos comprenda sin necesidad de decirle nada, como si tuviera la obligación de adivinar nuestros pensamientos. Pero nadie puede leer lo que llevamos dentro. Por eso, hablar con sinceridad y escuchar con cariño puede evitar muchos disgustos.
También ocurre que, cuando discutimos, queremos demostrar que tenemos razón. Nos empeñamos en defender nuestra postura y olvidamos algo mucho más importante: la persona que tenemos delante. ¿De qué sirve ganar una discusión si, al terminar, hemos hecho daño a quien queremos?

En una pareja no debería haber vencedores ni vencidos. Cuando uno gana humillando al otro, los dos pierden algo. Lo importante no es saber quién tiene razón, sino descubrir qué ha pasado, qué nos ha dolido y qué podemos hacer para que no vuelva a ocurrir.
Por supuesto, esto no significa que tengamos que pensar igual. Al contrario. Cada uno puede aportar algo diferente. Uno quizá sea más tranquilo y busque soluciones rápidamente. El otro puede necesitar hablar, desahogarse y sentirse comprendido antes de encontrar una respuesta. Ninguna de las dos maneras tiene por qué ser mejor que la otra. Lo importante es aprender a entendernos.

Y cuando la discusión termina, llega un momento que considero fundamental: acercarnos de nuevo. A veces basta una palabra amable, una caricia, una sonrisa o un abrazo. Otras veces necesitamos sentarnos tranquilamente y reconocer que nos hemos equivocado. Pedir perdón no nos hace más pequeños. Nos hace más humanos.
Quizá también nos vendría bien preguntarnos, después de una discusión: «¿Qué puedo aprender de lo que acaba de pasar?». No para echarnos las culpas, sino para conocernos mejor y cuidar más nuestra relación.

Porque el amor no consiste en encontrar a una persona con la que nunca discutamos. Consiste en encontrar a alguien con quien podamos hablar de nuestras diferencias sin dejar de querernos.
Después de tantos años compartiendo la vida, uno comprende que el amor no se demuestra solamente en los días felices. También se demuestra cuando llegan las dificultades, cuando el cansancio nos vuelve impacientes y cuando las palabras nos salen peor de lo que quisiéramos.

Y es que amar es aprender cada día a convivir con las diferencias, a escuchar sin interrumpir, a hablar sin herir y a perdonar sin llevar una cuenta de los errores del otro. Y, sobre todo, es recordar que la persona con la que discutimos es, muchas veces, la misma que nos ha acompañado en los momentos más felices y la que ha estado a nuestro lado cuando la vida se nos ha puesto cuesta arriba.

No permitamos que una discusión nos haga olvidar tantos años de cariño, porque, al final, lo importante no es evitar todas las tormentas, sino aprender a atravesarlas juntos, sin soltarnos de la mano y sin culpar al cielo por la lluvia. El amor verdadero no consiste en no discutir nunca, sino en no olvidar, ni siquiera cuando discutimos, por qué nos elegimos un día.

Hoy mis fotos van de nuevo del estado de nuestros cielos, menos tapados que ayer, como se ve pero tambien, afortunadamente, otoñales. Pero es que al aspecto de los cielos le acompaña una sensible bajada de temperaturas; la pasada noche es la primera desde el comienzo del verano en la que he apagado el ventilador y esta mañana, en mi caminata, ya se iba notando esa bajada de temperaturas quedando un ambiente mas que agradable… ¿habrá llegado por fin el otoño? Feliz velada de martes.

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