CARTAS A DULCINEA
Martes, 29 de septiembre
(en el Día Internacional de Concienciación sobre la Pérdida y el Desperdicio de Alimentos)

Hay olores que nunca se marchan del todo. Permanecen escondidos en algún rincón de la memoria y regresan de pronto, como una golondrina que vuelve al viejo alero donde nació. A mí me ocurre con el olor del pan recién hecho, con el aroma de los guisos que salían de las cocinas de nuestros padres y de nuestros abuelos y con aquellas sopas humildes que parecían capaces de calentar el cuerpo y el alma al mismo tiempo.
Cuando era niño, la comida tenía un valor diferente. No porque fuera mejor ni más abundante, sino porque se respetaba más. En aquellas casas sencillas, donde casi nunca sobraba nada, cada alimento era un pequeño tesoro. Recuerdo a las madres y a las abuelas guardando cuidadosamente el pan de un día para otro, aprovechando las verduras más maduras y transformando las sobras en platos nuevos que sabían a ingenio y a cariño.
La cocina era entonces el corazón de la casa. Allí se hablaba de la lluvia y de la cosecha, de los vecinos y de la familia. El fuego crepitaba lentamente mientras una olla dejaba escapar su vapor, y los mayores repetían una frase que parecía una ley sagrada: «La comida no se tira».
Aquellas palabras eran mucho más que un consejo. Eran una forma de entender la vida. Porque quienes habían conocido tiempos difíciles sabían que detrás de cada patata, de cada tomate y de cada mendrugo de pan había horas de trabajo, sacrificios y esperanzas.
Hoy vivimos rodeados de comodidades. Los supermercados están llenos y basta recorrer unos pocos pasillos para encontrar de todo. Sin embargo, quizá por tener tanto al alcance de la mano, hemos olvidado parte de aquella enseñanza. A veces compramos más de lo necesario y dejamos que algunos alimentos terminen en la basura sin pensar demasiado en ello.
Y, sin embargo, cada vez que veo un trozo de pan abandonado, no puedo evitar recordar aquellas cocinas de mi infancia. Veo las manos arrugadas de mis mayores, escucho el sonido de los platos sobre la mesa y siento el calor de aquellas reuniones familiares donde se compartía mucho más que la comida.
Tal vez por eso el Día Internacional de Concienciación sobre la Pérdida y el Desperdicio de Alimentos sea también una invitación a recuperar algo que parecía olvidado. No se trata solo de ahorrar o de consumir mejor. Se trata de volver a mirar los alimentos con gratitud, de valorar lo que tenemos y de recordar que cada fruto de la tierra encierra una historia de esfuerzo.
Porque, al fin y al cabo, mi querida Dulcinea, la comida no solo alimenta el cuerpo… También alimenta los recuerdos. Y en cada miga de pan que respetamos sigue viviendo, de alguna manera, la sabiduría sencilla de aquellos abuelos que nos enseñaron a agradecer hasta lo más pequeño. Y en mi casa, que aprendimos bien la lección recibida de pequeños, no se tira NADA de comida… se recicla o se toma en otro momento lo que haya podido sobrar… y si el pan se ha puesto mas duro, o se hacen migas o lo tomo como leche migada…aquí no tiramos nada.
Con el cariño de quien aún guarda en el corazón el olor de aquellas cocinas de antaño, muy feliz velada de martes, con la conciencia muy bien formada sobre la importancia de no tirar los alimentos.


