CARTAS A DULCINEA
Sábado, 26 de septiembre

Hay expresiones que, aunque tengan muchos años, siguen diciendo mucho con muy pocas palabras. Una de ellas es “dejar en la estacada”, que usamos cuando alguien nos abandona justo en el momento en que más necesitamos su ayuda.
Todos hemos vivido alguna situación parecida. Un amigo que promete acompañarnos y luego desaparece. Una persona que asegura que estará a nuestro lado y, cuando llegan los problemas, da un paso atrás. Un compañero que ofrece su ayuda y después no cumple su palabra. En esos momentos solemos decir que nos han dejado en la estacada.
Esta expresión viene de tiempos antiguos. La estacada era un lugar rodeado de estacas de madera donde se celebraban combates, torneos o desafíos. Quedarse allí solo significaba encontrarse en una situación difícil y sin apoyo. Con el paso de los años, la frase empezó a utilizarse para hablar de las personas que abandonan a otras cuando más las necesitan.
Lo que hace especialmente dolorosa esta situación no es solo la falta de ayuda. Lo que realmente duele es la decepción. Es descubrir que habíamos puesto nuestra confianza en alguien que no estaba dispuesto a responder cuando llegaron las dificultades.
Sin embargo, la vida también enseña algo importante. Muchas veces, después de una decepción, aprendemos a conocer mejor a las personas. Hay quienes desaparecen cuando aparecen los problemas, pero también hay quienes permanecen a nuestro lado sin hacer ruido, ofreciendo apoyo, compañía y ánimo cuando más falta hacen.
Por eso, quedarse en la estacada puede ser una experiencia amarga, pero también una lección. Nos ayuda a distinguir entre las promesas y los hechos, entre quienes hablan mucho y quienes realmente están cuando hace falta.
Al final, las dificultades suelen actuar como una especie de filtro. En los buenos momentos casi todo el mundo sonríe y acompaña. En los malos es cuando descubrimos quiénes son nuestros verdaderos amigos, nuestros familiares más leales o las personas en las que realmente podemos confiar.
Quizá por eso esta expresión sigue tan viva en nuestro idioma. Porque nos recuerda una verdad muy sencilla: el valor de una persona no se mide por lo que dice cuando todo va bien, sino por su capacidad para permanecer a nuestro lado cuando las cosas se complican.
Y es que, en muchas ocasiones, el mejor regalo que alguien puede hacernos no es el dinero, ni los consejos, ni los grandes discursos. A veces basta con algo mucho más sencillo: no dejarnos en la estacada.
Y doy fe de todo lo dicho porque por desgracia en una ocasión muy delicada, cuando mas duele, en la adolescencia o primera juventud, lo viví en mis propias carnes. Yo estaba en una pandilla que tenía un lioder absoluto y un grupo demasiado aborregado; como yo era muy timido y ellos muy «ligones», un día, inolvidable para mi por negativo, me dijeron que no querían que me fuese mas con ellos… y con la cabeza baja y la amargura en mi corazón me fui a mi casa… pero llegó la segunda parte, que jamás olvidaré, uno de al pandilla, mi buen amigo Manolo, después de hablar con ellos y afearles su conducta, les dejó y fue a buscarme para salir conmigo….¡ese amigo, que lo sigue siendo de los mejores, jamás me dejó en la estacada! Feliz velada de sábado.


